SAGAS DE LA PROFESIÓN

Familia Barrachina

  • 08 de Ene, 2015

Hasta la fecha, en la sección “Sagas de la profesión” se han descrito familias de dentistas de diverso tipo: algunas compaginan la dedicación a la docencia con la clínica, otras se han especializado en un área concreta, las hay con una fuerte implicación en la vida colegial, etc. Esta variedad es el reflejo del propio sector dental, en el que no existe un perfil único de dentista. En cuanto al número de miembros de estas familias, también aquí encontramos una amplia muestra: las hay muy numerosas y otras en cambio sólo cuentan con un dentista por cada generación. 

 
En este sentido, la familia Barrachina, que protagoniza esta entrega de “Sagas de la profesión”, es a todas luces un caso especial. En estos momentos, en nuestro país hay 13 dentistas Barrachina ejerciendo la profesión, además de otros tres que están estudiando el Grado de Odontología, otros cuatro ya fallecidos y dos dentistas consortes. En total, la cifra global de esta familia asciende a 22 profesionales divididos en cuatro generaciones.
 
Aunque hoy los dentistas Barrachina están presentes con indudable fama en varios puntos de la geografía española, el origen de esta familia es alicantino. En esta provincia nació y ejerció el primero de todos ellos, el doctor José Barrachina Reig, y en esta región siguen varios de sus descendientes.
 
Tal y como describe el doctor Manuel Barrachina Mataix, desde su clínica de Madrid, su abuelo fue un ejemplo de los dentistas de la primeras décadas del siglo XX. “Nuestra saga de dentistas comienza con mi abuelo, José Barrachina Reig, en el municipio alicantino de Concentaina. Nació a finales del siglo XIX y se introdujo en la Odontología de manera casual. Él era practicante en Concentaina y, por la ausencia de odontólogos, tenía que realizar las extracciones dentarias”. 
 
Aquel primer dentista Barrachina actuó desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra Civil española, ya que “era teniente de alcalde de su pueblo y durante la Guerra Civil española lo detuvieron, lo que hizo que empeorara su salud y tuviera que abandonar la Odontología”, resume el doctor Manuel Barrachina.
 
Al primer dentista de esta familia, que hacía una práctica basada fundamentalmente en las extracciones, le sucedieron sus tres hijos: los doctores José (1915), Manuel (1917) y Rafael (1922) Barrachina Pérez. Todos ellos se hicieron odontólogos. “Tanto mi padre como sus hermanos se decantaron por seguir los pasos de su padre porque era lo que veían en su casa. José Barrachina Reig fue quien abrió un camino que hemos seguido todos noso­tros. Además, ya intuyó en su época que el secreto del éxito era la formación y por eso se preocupó mucho de que sus hijos estudiaran en la Universidad para hacerse odontólogos, y así se procuraran un futuro dentro de la profesión”, añade el doctor Manuel Barrachina Mataix. 
 
En la década de los años 40 del pasado siglo comenzó a ejercer la segunda generación de esta familia. El mayor de los hermanos, el doctor José Barrachina, se trasladó a vivir a Barcelona porque su padre había estado en esta ciudad aprendiendo y colaborando con un dentista muy conocido de la época. Desde entonces, hay una rama de la familia Barrachina que ha desa­rrollado su actividad en la capital catalana.  
Por su parte, el mediano de los hermanos, el doctor Manuel Barrachina Pérez, acabó sus estudios en 1941 y, al contrario que su hermano mayor, decidió ejercer en su comarca alicantina, primero en Concentaina al lado de su padre y luego ya de manera independiente en Alcoy. “Mi padre falleció en 2007 con 89 años y trabajó hasta 1997. Pasó más de 50 años como dentista de Alcoy”, recuerda su hijo, el doctor Manuel Barrachina Mataix, quien añade: “A mi padre le atraía especialmente el mundo de la prótesis; de hecho, junto a su clínica también tuvo durante muchos años un laboratorio de prótesis en el que trabajaban cerca de diez técnicos dentales”. En la mitad del siglo pasado la Odontología estaba dominada por las extracciones y las prótesis removibles. Al lado del doctor Manuel Barrachina Pérez también estuvo trabajando durante varias décadas su hermano pequeño, el doctor Rafael Barrachina. “Mi tío Rafael estuvo mucho tiempo ejerciendo en su Concentaina natal y luego se marchó a Alcoy con su hermano. Ellos compartieron ejercicio en la misma clínica, pero no pasaban mucho tiempo juntos porque, además de en su centro, también trabajan en la Seguridad Social y atendían a pacientes en varios pueblos de la región. Concretamente, mi padre iba a Ibi y Benejama, mientras mi tío Rafael pasaba consulta en Muro de Alcoy y Concentaina. Era una época de mucho trabajo, con horarios muy prolongados y atendiendo a una población muy dispersa”, señala el doctor Manuel Barrachina Mataix. En la España de los años 40, y sobre todo en el ámbito rural, los medios de transporte eran escasos, por lo que el doctor Manuel Barrachina Pérez se desplazaba de un pueblo a otro a pie. “Mi padre iba andando de Alcoy a Concentaina, que está a siete kilómetros, e incluso se desplazaba a Planes los domingos, que es un pueblo que está a 20 kilómetros de Alcoy. Todos aquellos municipios tenían una economía fundamentada en la agricultura y la industria, por lo que en ellos se vivía relativamente bien para la época, pero no había dentistas con clínica, por lo que lo normal era que el dentista acudiera a pasar consulta una vez a la semana o cada quince días. Las visitas se realizaban en habitaciones adaptadas para poder actuar, en las que se había instalado un modesto sillón y una escupidera. Mi padre y mi tío siempre iban de un sitio a otro con su maletín con los fórceps, la anestesia y las pastas para tomar medidas”, describe el doctor Manuel Barrachina Mataix. 
 
Los pueblos limítrofes a Alcoy fueron atendidos por los hermanos Barrachina hasta los años 90. “En aquella época, en Alcoy habría unos cinco dentistas para una población de 60.000 habitantes, más la de los pueblos colindantes, por lo que el trabajo se prolongaba hasta las diez o las once de la noche. Se veían más de 40 pacientes diarios, incluso con dos o tres sillones a la vez, porque prácticamente todo consistía en anestesiar y extraer”, explica el doctor Barrachina Mataix.
 
Expansión generacional
 
Mientras la rama alicantina de los Barrachina se afianzaba en su región, el doctor José Barrachina Pérez hacía lo propio en Barcelona. En su caso, como luego veremos en el resto de la familia, la vocación por la profesión llegó a tal punto que sus hijos también siguieron sus pasos. Este profesional tuvo dos hijos y ambos se hicieron dentistas. Se trata de los doctores José María y Milagros Barrachina Sans. El primero de ellos obtuvo el título de Medicina y Cirugía en la Universidad de Barcelona en 1968 y dos años después se especializó en Estomatología en Madrid. Además, también cursó posgrados en universidades estadounidenses. Desde hace años, su dedicación se centra en la prótesis fija y la estética dental. A este doctor también le ha seguido los pasos su hijo, el doctor José María Barrachina Díez, licenciado en Odontología por la Universidad de Barcelona en 2007 y con una exhaustiva formación en posgrados de prostodoncia, materiales e implantes en las universidades de Freiburg (Alemania) y California (Estados Unidos). En estos momentos, José María Barrachina Díez tiene una relación sentimental con la doctora Zara Díez Lucas, también odontóloga.
 
La representante femenina de la rama catalana, la doctora Milagros Barrachina, conocida familiarmente como Lalo, se decantó por la odontopediatría y la ortodoncia. En su caso, la Odontología forma parte de su día a día en todo momento, ya que su marido también es dentista: el doctor Ricardo Cardona Lluria, y el hijo de ambos, el doctor Ricardo Cardona Barrachina, después de obtener el título de odontólogo está cursando un máster de endodoncia.
 
En cuanto a la evolución de la rama alicantina, el doctor Manuel Barrachina Pérez tuvo cinco hijos, de los cuales cuatro fueron dentistas. Los doctores Barrachina Mataix de esta línea son: Manuel, que es médico estomatólogo y cirujano maxilofacial, con dedicación centrada en la implantología en su clínica de Madrid; Carmen, ortodoncista con práctica en Valencia y Alcoy, que trabaja al lado de su hermano Javier, odontólogo general que actualmente dirige en Alcoy la clínica que fue de su padre, y Rosa, también ortodoncista que trabaja en Alcoy, pero en su caso al lado de sus primos Pascual y Rafael. La quinta hermana, María José, aunque no es dentista sí ha trabajado con sus hermanos como asistente, higienista y coordinadora. Además, hay que contar en esta línea familiar a Rocío Gómez Barrachina, que es hija de la doctora Rosa Barrachina y estudia Odontología en Valencia.
 
Como hemos apuntado, esta parte de la familia alicantina tuvo su prolongación en Madrid de la mano del doctor Manuel Barrachina Mataix, quien se asentó en la capital tras finalizar sus estudios, y en esta ciudad sigue actualmente. Él tiene dos hijas y un hijo, y todos ellos se dedican de una u otra forma a la Odontología. Se trata de las doctoras Aurora y María José Barrachina Clavería, que están finalizando actualmente sus posgrados en la Universidad Complutense de Madrid, y Manuel, el hijo menor, que está en cuarto de Odontología en la Universidad Europea de Madrid. Más adelante detallaremos sus pasos.
 
Volviendo a la segunda generación, el hermano menor de la misma, el doctor Rafael Barrachina Pérez, tuvo tres hijos dentistas. Estos descendientes también se apellidan Barrachina Mataix, puesto que los hermanos Manuel y Rafael se casaron con dos hermanas, lo que ha ocasionado que los primos compartan apellidos. Así, los hijos del doctor Rafael Barrachina Pérez son los doctores María Ángeles, quien primero practicó odontología general en Jávea y ahora está en Alcoy al lado de sus hermanos, los doctores Pascual y Rafael, que también trabajan como dentistas generales y que además de Alcoy cubren las poblaciones de Concentaina y Muro de Alcoy. Hay una cuarta hermana, Ana Barrachina, que es psicóloga y cuya hija, Ángela Matarredona Barrachina, estudia en estos momentos Odontología en Valencia.
 
Los Barrachina de Madrid
 
Describir la evolución de la familia Barrachina al completo implicaría dedicarle no uno sino varios números completos de Maxillaris, por lo que hemos tomado como mejor opción centrarnos en una rama de la familia que ya haya completado las cuatro generaciones de dentistas, con lo que es posible detallar una diversidad de puntos de vistas. Así, nos centramos en la evolución concreta de la vertiente madrileña, es decir, la del doctor Manuel Barrachina Mataix y sus hijos.
 
Como le sucedió a su padre y a sus tíos, este profesional se dedicó a la Odontología porque era lo que había visto a en su casa. “De pequeños era habitual que mis hermanos y yo entráramos en la consulta y en el laboratorio de mi padre. Me gustaba mucho lo que allí se hacía y el ambiente era muy bueno, pero reconozco que especialmente me atrajo la independencia que tenían en cuanto a que ellos gestionaban su propio trabajo”, indica el doctor Barrachina Mataix. No obstante, aquel gusto por la Odontología se mezclaba en la mente de este profesional con la arquitectura, por la que también se sentía atraído. “Mi padre y mi tío Rafael compartían trabajo pero también vacaciones. Sus esposas eran hermanas y cada verano nos juntábamos todos los primos en Jávea y en una casa de campo cercana a Cocentaina. Todos los años había que hacer una habitación más o alguna mejora en la casa, por lo que tenía a mi alcance ladrillos y otros materiales de construcción con los que me pasaba el día jugando haciendo mis propias casitas. Disfrutaba mucho y no me hubiera importado ser arquitecto”, detalla este reconocido profesional.
 
No obstante, finalmente la opción que más pesó en el momento de elegir carrera fue Medicina. “Hice la carrera de Medicina en la Facultad de Valencia porque mi entorno familiar era sanitario. Finalicé en 1977 y cuando terminé mi padre me aconsejó que me especializara en Medicina Interna o Endocrinología, ya que veía que estas disciplinas implicaban una responsabilidad mayor que la Odontología. Afirmaba que se hacía un mayor bien a los pacientes. Sin embargo, yo me decidí por la Estomatología porque tenía la referencia de mi padre y mi tíos y me gustaba su estilo de trabajo”, explica el doctor Manuel Barrachina.
 
Con este planteamiento, este profesional se trasladó a Madrid para matricularse en la Escuela de Estomatología, y tras titularse en 1979 decidió seguir formándose como cirujano maxilofacial en el Hospital Clínico San Carlos. Él mismo describe cómo siguió estos pasos: “Al finalizar Estomatología, tenía la opción de regresar a Alcoy y trabajar con mi padre, pero no era lo que más me atraía. Significaba regresar a mi pueblo, un sitio relativamente pequeño, y ejercer siempre bajo el paraguas de mi padre. Por lo tanto, me decanté por hacer el MIR en la especialidad de Cirugía Maxilofacial, que estuve realizando entre 1979 y 1982 con el profesor Calatrava”. Sin embargo, no todo lo que aprendió en esta formación encajaba con sus gustos, “la formación quirúrgica que adquirí en esa especialidad ha sido determinante en mi carrera con los implantes dentales, pero no me atrajo demasiado el ámbito hospitalario y tampoco sentía especial interés por las grandes cirugías de cabeza y cuello”.
 
En esta época de estudiante de MIR, el doctor Manuel Barrachina viajaba a menudo a Alcoy para trabajar los fines de semana y ganar algún dinero. “Mi padre era una persona muy sencilla y humilde, que me transmitió el valor del dinero, por eso, si yo quería disponer de algo, tenía que ganármelo. Así que muchos sábados los pasaba en Alcoy en la clínica de mi padre extrayendo cordales”.
 
Durante el tiempo que duró la especialidad de Cirugía Maxilofacial el doctor Barrachina también abrió una pequeña consulta de odontología, que además era su propia casa. “Me tenía que buscar la vida porque en Madrid estaba solo y con la ayuda de mi padre compramos un pequeño piso en el que monté una consulta. Atendía a mis pocos pacientes de ocho a diez de la noche. Por las mañanas estaba en el hospital haciendo la especialidad y por las tardes iba a las consultas de varios profesionales con la intención de aprender. Tengo muy buenos recuerdos de todos ellos, los doctores Juan Canut (ortodoncia), José Luis López Álvarez (prótesis), Francisco Martos (periodoncia), Manuel Antón Radigales (odontopediatría y estética), Rafael Miñana (endodoncia) y José Manuel Losada (prótesis). Poco a poco fui incrementando mi cartera de pacientes y eso hizo que tuviera que dejar aquellas consultas en las que colaboraba”.
 
Tras la especialidad de Cirugía Maxilofacial, el doctor Barrachina trabajó como profesor en la Escuela de Estomatología de la Universidad Complutense de Madrid a lo largo de cinco años. “Al terminar el MIR, el profesor Calatrava me ofreció ser profesor ayudante de clases prácticas en la Cátedra de Cirugía. Estuve de profesor de 1982 a 1987, al principio con el profesor Calatrava y tras su muerte con el profesor Donado. Tuve como compañeros a los doctores Ruiz de Temiño, Edo, Saborido, Vega, Baca y Carrillo, y a las doctoras Blanca Guisado y María Jesús Díez”, recuerda. 
 
Los pasos de este profesional en el ámbito clínico y formativo poco a poco le fueron abriendo camino. Así, llegó a ser vocal de la Sociedad Española de Periodoncia y Osteointegración durante la presidencia del doctor Paco Martos, y luego también acompañó a éste, en calidad de vocal, en el Consejo General de Dentistas. De aquella etapa, muchos dentistas recordarán que el doctor Barrachina fue el fundador de los cursos de formación continuada que desde los años 80 imparte el Consejo General. También en aquel tiempo fue vocal de la Sociedad Española de Medicina Oral, con el profesor Miguel Lucas Tomás de presidente, y posteriormente de la Sociedad Española de Implantes, con el doctor Feliciano Salagaray. 
 
La revolución implantológica
 
El doctor Barrachina Mataix practicó hasta el año 1985 una Odontología general, pero todo cambió cuando descubrió el mundo de los implantes. Él detalla este paso: “Llevaba cinco o seis años como odontólogo general y la verdad es que notaba que me faltaban grandes retos. La monotonía de las extracciones y las obturaciones no me llenaba completamente. Pero la casualidad quiso que a través del doctor López Álvarez me integrara en un grupo de estudios, el conocido Grupo Ateneo, y allí entré en contacto con un profesional de Lleida, el doctor Ramón Martínez Corría, que nos contó que había conocido unos implantes dentales suecos, los del doctor Bränemark (recientemente fallecido), que realmente eran muy novedosos. Tanto nos habló el doctor Martínez Corría de aquellos implantes de Suecia que finalmente compré con él un equipo carísimo y montamos la clínica CIDO (Centro de Implantología Dental Osteoin­tegrada). Con nosotros también estaban los doctores López Álvarez, Vicente Jiménez y Javier Tomé”. En los años 80 la salud bucodental española era bastante mala y los implantes dentales osteointegrados se convirtieron en una gran solución, “pero costaba mucho convencer a los pacientes y nosotros no tuvimos paciencia. Al cabo de tres años con aquel proyecto, decidimos continuar nuestros caminos de forma independiente”, explica el doctor Barrachina Mataix.
 
No obstante, la implantología supuso para este doctor volver a sentir pasión por su profesión de dentista. Y ser pionero en este ámbito le abrió muchas puertas. Así, organizó el máster de implantología de Straumann y en él colaboró durante 15 años. También en el año 1986 se integró como socio fundador en la Academia Americana de Osteo­integración, junto con los doctores Juan Pi, Ramón Martínez Corría y Vicente Jiménez. “En aquella época no había másteres de implantología y había que acudir a los lugares en los que se estaba creando la ciencia. Era apasionante ver su evolución y desa­rrollo”, explica el doctor Barrachina, quien recuerda especialmente un viaje que hizo en 1986 a Chicago: “Mandado por el profesor Bascones, estuve un mes en esta ciudad haciendo un máster de periodoncia social, junto con otros compañeros como los doctores Blas Noguerol, Germán Esparza, Javier García Fernández, Alberto Sicilia y Javier Alández. Por las tardes hacía fotocopias de todo lo publicado hasta entonces en la biblioteca de la Universidad. En total me traje a Madrid 22 kilogramos de papel para estudiarlos y hacer una tesis sobre la historia y la evolución de la implantología, que luego no cuajó”.
 
La progresión de esta disciplina odontológica se vivía en el día a día de las clínicas. Según explica el doctor Barrachina, “primero aprendimos a tratar a desdentados totales. Los implantes Bränemark no eran nada estéticos, con aquellos pilares cilíndricos de titanio que eran muy largos y alejaban las prótesis híbridas del reborde gingival, pero sí muy útiles. Luego aprendimos a realizar casos parciales y, por fin, casos unitarios. Empezamos con prótesis de metal-resina y luego se pasó al metal-porcelana y al titanio y el circonio. Los implantes pasaron de ser de titanio mecanizado liso de grado uno a ser rugosos –tratados con chorreado de arena y ácidos– y de grado tres o cuatro –de más dureza pero menor compatibilidad– e incluso de grado cinco”. Este profesional también comprobó de primera mano el desarrollo de la regeneración ósea guidada, “con las membranas de Goretex, las elevaciones de seno maxilar con hueso autógeno y con sustitutos óseos y la utilización de injertos de hueso autógeno fundamentalmente para ensanchar rebordes óseos estrechos. Todas estas técnicas me llenan de satisfacción al poder aplicarlas con éxito en la clínica y luego poder enseñarlas a otros compañeros”. Por las estancias en la clínica del doctor Barrachina, en Madrid, han pasado más de cien profesionales, y por los másteres de Straumann cerca de 500 compañeros. También ha impartido multitud de cursos del Consejo General, desde su fundación en 1986 hasta la actualidad, por todas las provincias de España. 
 
La cuarta generación
 
La llegada de los implantes osteointegrados supuso toda una revolución en la odontología mundial y ese camino de la innovación ha seguido constante hasta nuestros días. “La Odontología que hacemos en mi clínica actualmente tiene poco que ver con la que hacía yo en mis inicios o la que hicieron mi padre o mis tíos. La ciencia de los implantes revolucionó hace casi tres décadas mi vida, pero no podemos negar que también en otras muchas áreas dentales el incremento de la calidad ha sido evidente: la periodoncia ha mejorado extraordinariamente, la estética que se consigue hoy es espectacular, en la ortodoncia encontramos multitud de posibilidades, etcétera”, explica el doctor Barrachina Mataix.
 
Su hija mediana, la doctora María José Barrachina Clavería, expone su visión de la evolución: “Los tratamientos que se pueden aplicar hoy son mucho mejores que en el pasado porque hemos tendido a la especialización de los profesionales. Un dentista general no puede cubrir todos los tratamientos con exhaustiva calidad. Es imposible. Por esta razón, las nuevas generaciones nos decantamos por especializarnos con másteres de dos o tres años que nos aportan una gran formación”. En el caso de la doctora María José Barrachina Clavería, tras la realización del Grado de Odontología en la Universidad Europea de Madrid, se decantó por el máster de Odontología Conservadora y Estética que se imparte en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). En este momento está en el tercer y último curso. En similar situación se encuentra también su hermana mayor, la doctora Aurora Barrachina Clavería, aunque en su caso está finalizando el máster de periodoncia de la UCM. “Soy dos años mayor que mi hermana María, pero antes de decantarme por la Odontología hice el primer curso de Empresariales. Sin embargo, aquellos estudios no eran lo mío y decidí hacer lo que siempre me había gustado: la Odontología, que era además lo que siempre había visto en mi entorno familiar. Como mis dos hermanos hice la carrera de Odontología en la Universidad Europea de Madrid, y luego cursé en la Universidad Complutense el máster de Ciencias Odontológicas, que dura un año. Durante ese curso también hice el meritorio para entrar en el máster de periodoncia de la Complutense. He realizado un gran esfuerzo para hacer este máster, pero hay que reconocer que es de los mejores de España y de Europa. Tengo la suerte de aprender al lado de doctores como Antonio Bascones, Mariano Sanz o David Herrera”.
 
“Tanto en mi época, con la especialidad de Estomatología, como en el momento actual, con el grado de Odontología, el problema sigue siendo el mismo: los conocimientos que aprendes en la Universidad son básicos y no suficientes para realizar un buen ejercicio profesional. Además del MIR en Cirugía Maxilofacial estuve mucho tiempo al lado de otros profesionales para seguir aprendiendo, y luego siempre he estado haciendo cursos de todo tipo. Sobre todo hacen falta muchas horas de prácticas vigiladas. Yo no tenía a mi alcance los másteres de hoy, pero por supuesto seguí formándome con doctores que tutorizaban mi aprendizaje”, afirma el doctor Barrachina Mataix. Todos los miembros de esta familia están de acuerdo en que la especialización del ejercicio profesional no significa una infravaloración del trabajo de los dentistas generales, “ni mucho menos. El odontólogo general se puede considerar incluso el director de una orquesta en la que participan especialistas de todo tipo. Con el modelo actual de clínicas integrales, que cubren todos o casi todos los tratamientos dentales, el dentista general es el que coordina a los profesionales y dirige al paciente”, explica el doctor Manuel Barrachina. La doctora María José Barrachina, al hilo de lo que expone su padre, apunta también que de esta manera se minimiza el riesgo de perder al paciente por derivarlo a otro profesional, a lo que su padre matiza: “pese al temor de algunos, derivar a un paciente a un especialista más capacitado siempre debe ser una opción, porque los casos complejos no son viables para todos los profesionales. De hecho, a nuestra clínica acuden muchos pacientes referidos para tratamientos de implantes dentales, pero nunca se debe quitar un paciente a un compañero. Para mí sería la ruina, porque si el profesional que me deriva pacientes pierde la confianza en mi ya nunca volverá a darme un trabajo”. “Somos muy respetuosos con esta forma de trabajar. Si un paciente llega derivado para un tratamiento concreto, no se le hace nada más”, detalla la doctora Aurora Barrachina, quien elogia la conducta ética de su padre. 
 
Mantener el nivel
 
En la clínica actual de los doctores Barrachina, en el madrileño Paseo de San Francisco de Sales, ya comienzan a trabajar las hermanas Barrachina Clavería, y todos esperan que en un plazo breve también lo haga el hermano menor, Manuel Barrachina. En su caso, está terminando cuarto de Odontología en la Universidad Europea de Madrid, y ya se plantea estudiar un máster de fama reconocida al finalizar el grado. “Me gusta mucho ver a mi padre trabajando con los implantes dentales, pero creo que me decantaré por la ortodoncia, que a priori es lo que más me llena”, asegura el más joven de los hermanos.
 
Con el actual planteamiento de especializaciones, los cuatro miembros de esta familia cubrirían un amplio abanico de tratamientos. “Yo siempre he respetado mucho los gustos de mis hijos y la elección de sus másteres se debe a lo que ellos han elegido, pero no cabe duda de que los caminos que están tomando vienen muy bien a la clínica para que todos podamos colaborar desarrollando nuestro propio papel”, afirma el doctor Manuel Barrachina. En este sentido, la doctora Aurora puntualiza, “mi padre ha respetado completamente nuestra libertad, pero al mismo tiempo también nos ha aconsejado para que nos formemos con los mejores. No vale hacer un máster de cualquier tipo en cualquier universidad”. La doctora María José Barrachina Clavería recuerda el planteamiento que en su momento le explicó su padre: “Cuando teníamos que elegir qué posgrado estudiar, mi padre nos dijo a mi hermana y a mí que siempre se había rodeado de excelentes profesionales y que no por ser nosotras sus hijas iba a cambiar de opinión. Si nosotras no tuviéramos el nivel que él consideraba óptimo, no estaríamos trabajando en su clínica. Con aquel argumento decidimos que haríamos los mismos másteres que tenían las personas que colaboraban con él”. Su padre resume su posición: “Siempre quiero lo mejor para mi clínica y mis pacientes. No me considero el mejor dentista del mundo ni soy una persona egocéntrica, pero no me puedo conformar con un nivel medio. Esto supone un reto para mis hijos, lo sé, pero no les obligo a hacer nada que no deseen”.
 
La confianza que a las doctoras Barrachina les están reportando sus respectivos másteres está haciendo que su integración en la clínica discurra con total fluidez. “Evidentemente, cuando se termina el grado todo son dudas. Particularmente, creo que en ese momento no se está preparado para trabajar con seguridad en una clínica si no es bajo la tutela de otro profesional. Sin embargo, tanto mi hermana como yo estamos a unos meses de terminar nuestros posgrados y nuestra formación nos ha reportado mucho conocimiento y mucha confianza: las decisiones que tomamos están fundamentadas en la ciencia y estamos adquiriendo una práctica fundamental”, afirma con orgullo la doctora Aurora Barrachina.
 
“En la Universidad Complutense, los másteres de periodoncia e implantes y de estética trabajan muy estrechamente. Se lleva a cabo un trabajo en equipo, que es precisamente lo que hacemos en la clínica mi hermana y yo”, remarca la doctora María Barrachina.
 
La idea de trabajar juntos atrae mucho a todos los miembros de esta familia. “Pertenecemos a una saga de profesionales muy extensa y realmente yo he disfrutado mucho al trabajar con mis hermanos o mis primos. Ahora me toca hacerlo con mis hijas y en breve también con mi hijo, lo cual supone un gran placer para mí”, afirma el doctor Barrachina Mataix. Para la integración de los hijos, el cabeza de familia calcula un periodo de unos cinco años para que todos encajen a la perfección. “En estos momentos, soy yo el encargado de presentar a mis hijas a los pacientes, les digo que su tratamiento específico se lo va a realizar una especialista en la materia, que además está formada muy bien. Estoy muy orgulloso de mis hijas y eso lo percibe el paciente. Mi confianza en ellas se transmite”.
 
Aprender a tratar pacientes
 
Para las doctoras María José y Aurora Barrachina uno de los aspectos fundamentales en una clínica dental es la buena comunicación. “Mi padre invierte gran parte de su tiempo en explicar a los pacientes su tratamiento: su estado actual, las posibles soluciones, lo que implica su mantenimiento, etcétera. Nosotras estamos actuando del mismo modo, porque el paciente exige calidad pero también quiere entender lo que se le está haciendo”, apostilla la hermana mayor.
 
En opinión de la doctora María José Barrachina, la comunicación y el trato cercano forman parte de la diferenciación de las clínicas familiares. “En nuestra clínica atendemos a pacientes fieles, pero no podemos negar que hay un considerable porcentaje que llega a la consulta comparando presupuestos y tratamientos. Por eso es importante explicar nuestro diagnóstico y nuestro plan. El trato que les damos es lo que nos diferencia”. Sobre este tema también se manifiesta su hermana: “En la clínica vemos a pacientes de todo tipo, desde el que viene convencido de que tiene que quitarse todos los dientes para colocarse implantes, y finalmente opta por un tratamiento conservador, hasta aquel que hace mil preguntas complicadísimas y exige lo que ha leído en Internet”.
 
El doctor Manuel Barrachina, con sus más de 30 años de experiencia, sabe que una clínica dental requiere combinar la gestión empresarial con un clima de trato humano. En su opinión: “Los tratamientos tienen que ser buenos, duraderos y a buen precio, pero además tienes que dar un trato excelente: cariñoso, amable y humano. El paciente tiene mucha oferta entre la que elegir y no podemos negar que la Odontología es cara, por lo tanto la contrapartida tiene que ser una gran calidad y un buen trato humano”. Y añade: “los tratamientos se aprenden, pero también el trato. Si no eres una persona excesivamente amable o no estás de buen humor un día, debes tener los trucos y la paciencia para saber actuar y ser cortés y afable con el paciente. Un dentista antipático no tiene cabida en el mundo actual”, sentencia el padre de la familia Barrachina.
 
Las grandes lecciones del comportamiento psicológico en una clínica dental se enseñan, pero sobre todo se demuestran. “Mi padre ha sido pionero en el ámbito de los implantes dentales y ha formado a varias generaciones de dentistas, pero lo que más valoran sus pacientes es el trato. Eso hace que funcione el boca a oído, que es la clave del éxito en nuestra profesión”, explica la doctora María José Barrachina. El trato y la confianza son aspectos que los doctores Barrachina consideran especialmente relevantes en una clínica de tipo familiar que tiene vocación de permanencia. “Cuando trabajo en la clínica de mi padre, soy consciente de que debo darlo todo porque es mi futuro. No puede compararse esto con trabajar en una clínica de manera asalariada o cobrando una comisión. No quiero decir que un dentista empleado haga malos tratamientos, pero el grado de implicación que tenemos los que somos parte de la familia es distinto”, resume la más joven de las hermanas.
 
El doctor Manuel Barrachina remarca que trabajar en familia tiene sus pros y sus contras: “Gestionar un negocio familiar es muy gratificante porque tienes bastante libertad de acción, y además convives con tus seres queridos, pero por otra parte también debemos saber controlar nuestras tensiones y no caer en los excesos de confianza, es decir, en la clínica hemos de comportarnos como compañeros y tratarnos con mucho respeto”. 
 
Frente a la desunión
 
Los miembros de esta rama de la familia Barrachina aseguran que, pese al prestigio del doctor Manuel Barrachina dentro de la profesión dental, están obligados a competir en un mercado que se ha transformado considerablemente en los últimos tiempos. “Uno de los grandes cambios que he vivido a lo largo de mis años de ejercicio es la masificación de la profesión. Ahora la competencia es enorme y eso lo notamos incluso quienes llevamos ya muchos años trabajando y tenemos un cartera de pacientes considerable”, asegura el doctor Barrachina Mataix. “Indudablemente, poder contar con una clínica familiar es una gran suerte. Mis hermanas y yo somos conscientes de ello. Si no fuera así, me tendría que plantear la emigración como muchos de mis compañeros. Es un tema que nos preocupa mucho y forma parte del día a día de los estudiantes”, confirma Manuel Barrachina en su calidad de alumno del grado.

“Mi hermano expone una realidad dramática. Si no puedes salir al extranjero, no te queda más opción que trabajar en una franquicia o una cadena de clínicas, en las que los intereses comerciales muchas veces están por encima de la salud”, asegura la doctora Aurora Barrachina. En este sentido, su hermana menor también expone su visión: “Ante este panorama, para las clínicas tradicionales sólo nos queda competir con nuestro trato y nuestra calidad. No tenemos capacidad para competir con estrategias de marketing, y además no es nuestro objetivo entrar en una guerra de precios, que por otra parte es muy ficticia”.

La competencia y la plétora profesional hacen que el futuro inmediato se vean con mucho escepticismo. “La profesión se ha destrozado porque no se han aplicado a tiempo medidas de control. Quizá pasen veinte años o más hasta que nos recuperemos de una situación de descontrol total. Dejar que el mercado se regule por sí mismo implica estos riesgos”, asegura el doctor Barrachina Mataix.

En opinión de la doctora Aurora Barrachina, “el momento actual es difícil porque una gran parte de la población piensa que el dentista es muy caro, lo que está justificado por la tecnología y los materiales que utilizamos, así como por nuestra formación, pero a la vez reciben continuos mensajes de algo que parecen ofertas”.

La doctora María José Barrachina se muestra tajante: “Esta profesión ya no es lo que fue. Ahora mismo aquel joven que no tenga una clínica montada afronta un gran riesgo si quiere abrir una: los gastos son enormes y los ingresos no están garantizados. Con una formación muy buena quizá puedas tener un futuro más esperanzador si decides trabajar para otros profesionales, pero también es cierto que esta formación de posgrado tiene un coste considerable”.

Para el padre de familia, la Administración tiene buena parte de culpa del momento que vive actualmente la profesión odontológica, pero no niega que una parte de la responsabilidad la tienen también los propios dentistas. “Criticamos el mercado actual, pero no podemos negar que los dentistas somos los colaboradores necesarios de esos negocios que criticamos por sus campañas de marketing o sus prácticas comerciales. Tenemos el poder, pero somos incapaces de estar unidos. Desde siempre los dentistas han pecado de individualistas, pero ahora se hace evidente que nuestra desunión la aprovechan algunos para hacer su negocio. Por ejemplo, no hemos sido capaces de tener una buena entidad financiera que nos dé condiciones ventajosas a todos y tampoco hemos logrado crear una cadena de clínicas que garantice unos mínimos de salud oral a toda la población con unos precios justos y una calidad aceptable”.

Pese a las dificultades para el ejercicio profesional, la familia Barrachina aboga por seguir la estela de la formación y la innovación. “Las innovaciones y mejoras se ven en todos los ámbitos, desde los materiales que utilizamos hasta las técnicas que empleamos. En el máster de periodoncia que estoy realizando la investigación es una vertiente básica. El doctor Mariano Sanz cree en la investigación y la potencia mucho entre sus alumnos”, asegura la doctora Aurora Barrachina. “Coincido plenamente con mi hija en el gran futuro que aún nos puede deparar la investigación, pero para llevar esos avances al día a día de las clínicas hace falta formación continuada obligatoria. Hay profesionales que ejercen desde hace 30 años y nunca han acudido a un curso de actualización. Debería ser obligatorio hacer una serie de cursos al año para poder seguir ejerciendo la profesión. El mayor potencial de una nación es su capital humano y hay que cuidarlo”, concluye el doctor Barrachina Mataix.

 

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