Familia Calatrava, amantes de la belleza y la excelencia

  • 28 de Feb, 2017

Muchos de los profesionales de la Odontología, tanto de España como de otros países, han tenido entre sus manos la obra Lecciones de Patología Quirúrgica Oral y Maxilofacial, del doctor Luis Calatrava Páramo. Este libro firmado en 1979 supuso para muchos dentistas su incorporación al terreno quirúrgico; a algunos les quitó el sueño, a otros les descubrió una maravillosa vocación y a todos les aportó unos conocimientos fundamentales para entender la Odontología y la Cirugía Oral y Maxilofacial de nuestros días. Con casi 40 años de existencia, el libro sigue plenamente vigente.

Pero más allá de esta obra, lo que nos interesa en esta ocasión es el profesional que hay detrás, así como su extensa familia odontológica. El doctor Luis Calatrava Páramo (1919-1984) representó por un lado la evolución natural de un médico que quiso ser dentista como su padre y, por otro, marcó un antes y un después en el ejercicio al incorporar a su práctica la cirugía oral y maxilofacial. Como afirma su hijo, el doctor Luis Calatrava Larragán, “fue un pionero que vivió con el constante reto de ampliar sus conocimientos. Su pasión era estudiar para poder enseñar a sus alumnos cada vez mejor y realizar intervenciones quirúrgicas extremadamente agresivas y complejas”.

Como decíamos, el doctor Calatrava Páramo fue hijo y padre de dentistas, pero también suegro y abuelo de profesionales de la Odontología–aunque esto último él no lo llegara a conocer–. La saga de los doctores Calatrava ha alcanzado hoy las cuatro generaciones: la primera se remonta a principios del siglo XX con el doctor Luis Calatrava Vidal, la segunda corresponde al doctor Calatrava Páramo, la tercera incluye al doctor Luis Calatrava Larragán y su mujer, la doctora Beatriz Serrano de Haro, y la cuarta será, con toda probabilidad, la del hijo mayor de éstos, Javier Calatrava Serrano de Haro, que ya está en cuarto de Odontología en la Universidad Complutense de Madrid. Además, si no hay un cambio vocacional inesperado, también es posible que se sume a la saga la hermana de Javier, Beatriz Calatrava Serrano de Haro, que con 15 años ya sueña con poder formarse como dentista.

Yendo por partes, lo justo es empezar por el principio y en esta familia el pistoletazo de salida lo dio el doctor Luis Calatrava Vidal. “Mi abuelo fue un doctor apasionado de la Medicina que gracias a la Odontología pudo dar rienda suelta a su afición por el trabajo manual. Ejerció tanto la Medicina como la Odontología en una clínica que poseía en el Paseo de Recoletos de Madrid”, explica el doctor Calatrava Larragán. De aquel primer doctor Calatrava la familia aún conserva su maletín de madera con el que iba a las casas de los pacientes, pero sobre todo muchos recuerdos. “Con mi abuelo compartí muchos momentos, era una persona muy especial. Ejercía la Medicina y la Odontología –que él, como yo, entendía como una vertiente médica–, pero su característica primordial es que siempre pensaba en el paciente. Su consulta estaba en su casa y atendía a los pacientes sin ninguna prisa, muchas veces terminaba la visita tomando un café o merendando juntos. Los fines de semana se iba a una finca que tenía en Toledo y allí seguía viendo a pacientes, muchos de ellos gente humilde a la que nunca cobró por sus servicios. Su satisfacción era poder curar”, afirma con orgullo su nieto.

El primero de los doctores Calatrava realizó una Odontología plagada de extracciones, caries y difíciles, a la par que originales, tratamientos de prótesis. “Como muchos otros pro­fesionales de su época, él tuvo un taller de prótesis junto a su consulta. Siempre estaba rodeado de protésicos, que eran sus grandes amigos. En su taller se formaron decenas de ellos”, explica el representante de la tercera generación.
El amor por trabajar con las manos llevó al doctor Calatrava Vidal a ser un habitual del Rastro madrileño buscando antigüedades y objetos que poder transformar. Asimismo, fue un apasionado del arte y la cultura, siendo un devoto de las pinacotecas madrileñas. “Los recuerdos de mi abuelo son fantásticos. De niño yo me levantaba muy pronto los fines de semana para ir al Rastro con él y comprar objetos que luego en su consulta prensábamos o colábamos para sacar moldes. Cuando no tocaba el Rastro, nos íbamos al Museo del Prado y me pasaba horas escuchando sus explicaciones sobre arte. Todavía hoy me gusta ir a ver Las Meninas y recordar los detalles que hace años me explicó mi abuelo”. “No es de extrañar que hoy Luis sea un apasionado de la estética”, señala su mujer, la doctora Serrano de Haro.

Pasión por la cirugía

El doctor Calatrava Vidal tuvo dos hijos, una hija y un hijo, y fue este último quien quiso seguir los pasos de su progenitor formándose como médico y dentista. No obstante, antes de concluir sus estudios médicos, el que fuera el doctor Luis Calatrava Páramo pudo desarrollar otros trabajos, tales como el de piloto de aviación durante la Guerra Civil. Cuando finalizó la contienda, el representante de la segunda generación de esta saga concluyó su formación como médico estomatólogo y obtuvo la plaza de médico-militar en el Ejército. “Mi padre era médico y dentista como mi abuelo, pero su verdadera pasión era la cirugía, por lo que se especializó en cirugía general. En 1955, viendo que su perfil era de cirujano y dentista, el propio Ejército consiguió que se marchara a Hamburgo (Alemania) para formarse como cirujano oral y maxilofacial. De este modo, cuando regresó a España creó el Servicio de Cirugía Maxilofacial del Hospital del Aire siendo el jefe del mismo”, detalla el doctor Calatrava Larragán.

El doctor Calatrava Páramo fue de los primeros cirujanos orales y maxilofaciales de España, pero también tenía consulta privada y, como consideraba que aún podía exprimir un poco más sus días, se incorporó a la Escuela de Estomatología de la Universidad Complutense de Madrid. Primero estuvo en el Departamento de Patología Médica, con el profesor Isaac Sáenz de la Calzada, y después obtuvo la cátedra de Estomatología Quirúrgica que, gracias a él, pasó a denominarse Patología Quirúrgica Oral y Máxilofacial. Su trayectoria docente fue digna de admiración, llegando a ser director de la Escuela de Estomatología entre 1975 y 1979. Asimismo, en 1977 ingresó como miembro de número en la Real Academia Nacional de Medicina ocupando el sillón número 9.
En el ámbito hospitalario, y sin abandonar nunca su condición de médico-militar, el doctor Calatrava Páramo pasó del Hospital del Aire al Hospital Clínico San Carlos, de Madrid, donde también fue jefe de Servicio de Cirugía Oral y Maxilofacial. Las múltiples ocupaciones de este profesional le obligaban a aprovechar el día al máximo; su hijo lo detalla: “Mi padre se levantaba de madrugada a estudiar, luego daba clases en la Facultad por la mañana y las tardes las dedicaba a atender pacientes en el Hospital Clínico. Además, también asistía a las reuniones de la Real Academia de Medicina o a compromisos nacionales e internacionales”.
El doctor Calatrava Páramo sentía pasión por la cirugía oral y maxilofacial y era un gran admirador del profesor Karl Albert Max Schuchardt. “Mi padre era un apasionado de los casos complicados. Intervenía cánceres de todo tipo y los estudiaba con detalle. Como anécdota, recuerdo que durante varios años estuvo intentando ir a Cabo Verde para estudiar el linfoma de Burkitt, pero las autoridades de este país se lo denegaron”, indica el doctor Calatrava Larragán.

El hijo del doctor Calatrava Páramo se acuerda perfectamente de la vocación clínica de su padre, pero no puede pasar por alto lo que significó para él y para muchos otros compañeros tenerle de profesor: “Era soberbio dando clases y gracias a él muchos dentistas que ejercen hoy descubrieron el ámbito quirúrgico. Era un docente que generaba admiración entre sus alumnos pero también mucho respeto, porque era muy estricto”. El doctor Calatrava Larragán le tuvo de profesor y reconoce que era muy exigente y posiblemente con él, por ser su hijo, incluso más que con el resto. “Mi padre era muy bueno enseñando, pero no toleraba la vagancia o los privilegios. Recuerdo que estando en mis primeras clases con él, un día nos dijo a todos los alumnos que había escuchado rumores de que como yo estaba allí iba a conceder aprobado general a todos. Nos anunció que de ningún modo iba a ser así, que a todos nos enseñaría por igual y que a mí me examinaría un tribunal distinto donde no estaría él. Siempre fue muy duro conmigo, incluso después de acabar yo la carrera estuve varios años yendo al Hospital Clínico a seguir aprendiendo a su lado y él me limitaba mucho mi participación en las intervenciones. No quería que nadie pensara que yo tenía algún tipo de privilegio”.

El doctor Luis Calatrava Larragán aprendió mucho gracias a la exigencia de su padre, “sobre todo el interés por la perfección. Mi abuelo me marcó en el sentido de ser capaz de admirar la estética, pero de mi padre he heredado mucho conocimiento quirúrgico y el valor del esfuerzo y el compromiso para terminar los casos perfectamente”.

Javier Calatrava, el más joven de la saga, no conoció a su abuelo pero sí le tiene presente por referencias. “Muchos profesores míos se formaron con mi abuelo y todos me dicen que era muy buen docente y muy exigente, pero hay un dato que varios han remarcado: era tremendamente justo con los alumnos”. Javier Calatrava se ha acostumbrado a escuchar hablar de su abuelo en las clases, a ver su foto en la sala de decanos y a que otros compañeros le pregunten si tiene relación con el doctor Luis Calatrava Páramo. “Muchos profesores fueron alumnos de mi abuelo y compañeros de mi padre, tanto en su etapa de estudiantes como de docentes, e incluso hay amigos de mi madre, pero quizá a quienes sorprende más esta relación familiar es a los compañeros de clase. Yo estoy muy orgulloso de mis orígenes, pero me cuido mucho de no alardear de ello porque las comparaciones son odiosas; siempre habrá quien piense que tengo algún privilegio, aunque después de cuatro años en la carrera ya todos saben que soy buen estudiante y me esfuerzo mucho”. Su madre lo corrobora: “Javier entró en la Complutense con un 13,4 en selectividad y tiene varias matrículas. Es un estudiante ejemplar. Las comparaciones siempre van a estar ahí: algunos alumnos pensarán que obtiene buenas notas por ser Calatrava, pero también hay profesores que consideran que perteneciendo a esta familia su esfuerzo debe ser mayor”.

El doctor Calatrava Páramo falleció a los 64 años, en 1984, a causa de un cáncer de pulmón. “Murió cuando estaba en lo más alto de su vida profesional”, señala su hijo, quien insiste en que “era un referente nacional e internacional. Había sido director de la Escuela de Estomatología y, lo más importante, tenía cientos de pacientes que habían sobrevivido a cánceres gracias a sus manos”.


Amante de la belleza

El fallecimiento prematuro del doctor Calatrava Páramo hizo que la saga odontológica se quedara únicamente en manos de su hijo, cuya trayectoria profesional acababa de empezar. El doctor Calatrava Larragán lo explica así: “Yo finalicé Estomatología en 1981, así que la muerte de mi padre me cogió dando los primeros pasos en la profesión. Aun así, como desde que terminé Medicina ya me había habituado a ir al Clínico a aprender a su lado, pude ver muchas operaciones suyas realizadas magníficamente. Además, mi padre se rodeaba de los mejores: el doctor Manuel Donado era su alma mater en la Facultad, mientras que en el hospital su relación con el doctor Juan Puertas era maravillosa. También tenía una gran amistad con los doctores Rafael Baca, Antonio Bascones, Juan Pedro Moreno, etcétera”.
El doctor Luis Calatrava Larragán tiene tres hermanos más, pero sólo él siguió la estela de la Odontología. “Me decanté por la Odontología sin prácticamente planteármelo. Pienso que sobre todo me influyó mi abuelo, porque fue con él con quien empecé a adentrarme en el mundo de la consulta siendo un niño. Disfrutaba mucho fundiendo monedas o haciendo incrustaciones o moldes una vez tras otra. Mi abuelo siempre me decía: ‘lo peor que se puede ser en esta vida es un chapuzas’. Aprendí mucho de Odontología a su lado, pero sobre todo del amor a la cultura y la estética, del trato al prójimo y de educación”.

Al finalizar Estomatología, como no existían los másteres en su época, el doctor Calatrava Larragán estuvo varios años formándose con profesionales de prestigio. “Además de estar en el Hospital Clínico con mi padre durante unos cinco años, también aprendí mucho al lado del doctor Rafael Miñana, que es el auténtico maestro de la endodoncia en España; tuve el privilegio de adentrarme en la prótesis con el doctor José Luis López Álvarez y la periodoncia la aprendí junto al doctor Antonio Bascones, quien me acogió a su lado cuando mi padre falleció”.

El doctor Calatrava Larragán sentía atracción por muchas vertientes de la Odontología y lo habitual en aquellos años 80 era que las consultas no estuvieran especializadas en un área concreta. “Me formé como dentista general tocando muchas vertientes: cirugía, endodoncia, periodoncia o prótesis, pero poco a poco me fui centrando cada vez más en la estética, porque era lo que más me atraía. No obstante, para hacerla bien necesitaba controlar perfectamente las extracciones y los implantes o trabajar la endodoncia con soltura”.

La doctora Beatriz Serrano de Haro confirma el perfil profesional de su marido: “Luis es un estupendo odontólogo general que con el tiempo ha adaptado su dedicación profesional a su personalidad. Él es un gran observador y un paseo a su lado por una ciudad se convierte en una clase de estética urbana. Además, también se fija mucho en la estética del ser humano, especialmente de las mujeres, y ahí la boca y el tercio inferior de la cara cobra una gran importancia”.
El doctor Calatrava Larragán abrió su primera consulta en Aravaca (Madrid) y allí aún desarrolla una Odontología general. Asimismo, en sus primeros años, y durante casi dos décadas, el ejercicio clínico lo compaginó con la docencia en la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense. “Cuando falleció mi padre, el doctor Bascones me ofreció trabajar a su lado en el Departamento de Medicina y Cirugía Bucofacial. Llegué incluso a ser profesor del Máster de Periodoncia en calidad de especialista en endoperiodoncia. La docencia me aportó mucho y aún hoy sigo teniéndola presente, aunque ya no esté en la facultad”, explica este reconocido profesional.

De su paso por las aulas el doctor Calatrava Larragán guarda gratos recuerdos y grandes amigos, pero hay un nombre que destaca sobre el resto: el doctor Juan Pedro Moreno González, por el que siente una gran devoción. “El doctor Moreno era un visionario y a él se debe la gran reforma que tuvo la facultad en los años 90 para hacer la transición de la Estomatología a la Odontología. Fue un decano espectacular que no ha recibido todo el reconocimiento que se merece”. Precisamente el doctor Moreno fue quien ideó un proyecto que marcaría de algún modo la vida de la familia Calatrava. “Él me pidió que, una vez tuviéramos en marcha la Facultad de Odontología, coordinara un proyecto para integrar una escuela de higienistas en el centro. Era una gran idea y hoy vuelve a estar sobre la mesa”.

Con este proyecto en mente, el doctor Luis Calatrava Larragán buscó docentes que pudieran dar clase a higienistas y así apareció en su vida la doctora Beatriz Serrano de Haro, una alumna suya de Odontología que ya era médico, con lo cual cumplía perfectamente con el perfil demandado. El proyecto de la escuela de higienistas se presentó al Ministerio de Educación, pero las autoridades se decantaron por no aprobarlo y crear estas escuelas a través de Formación Profesional. No salió adelante el proyecto profesional, pero aquello fue la excusa para ver nacer una relación personal.

A medida que pasaba el tiempo, la evolución clínica del doctor Luis Calatrava siguió adelante y su reconocimiento profesional se fue incrementando, con lo que en el año 2000 decidió abandonar la facultad. “Mi clínica de Aravaca funcionaba muy bien, ya me había casado con Beatriz y ella también tenía su consulta, así que decidí que había llegado el momento de especializarme en lo que más me gustaba: la estética. Dejé la docencia en el año 2000 y dos años más tarde abrí una nueva consulta en el Paseo de la Castellana, ésta también de Odontología general pero especializada en los blanqueamientos dentales, que por aquel entonces eran una auténtica innovación”.

El doctor Calatrava Larragán detalla lo que supuso para él especializarse en estética. “En los primeros años de este siglo yo ya tenía un gran bagaje en el manejo de las carillas o los composites, pero decidí apostar también por los blanqueamientos dentales, por el uso del hialurónico en labios o para tratar el bruxismo y la hipertrofia maseterina –al ser médico estoy autorizado a emplearlo– y como complemento a todo esto también hago ortodoncia invisible con Invisalign. Asimismo, colaboro con el doctor Pedro Jaén, que es un reconocido dermatólogo. Gracias a mi especialización, hoy doy la mejor estética posible a mis pacientes”.
El doctor Calatrava Larragán siente que actualmente vive un momento profesional maravilloso: “En el trabajo disfruto cada día más, me lo paso bien con los pacientes y mis colaboradores y me encantan los resultados que se consiguen con los tratamientos que aplico. Además, tengo una mujer estupenda con la que puedo compartir nuestra pasión por la Odontología y mi hijo mayor dentro de unos años también estará a nuestro lado; incluso mi hija Beatriz piensa hacerse dentista”.

Según su esposa, gran parte del éxito de Luis se debe a su buen manejo de la psicología de los pacientes. “El perfil del paciente de estética es complicado, porque entran en juego sus expectativas, que siempre hay que controlar muy bien; la autoestima, el ánimo de agradar socialmente o la evolución personal y profesional”. El doctor Calatrava Larragán lo corrobora: “Cada vez realizo más trabajos de estética sin que exista patología médica. Los pacientes quieren dientes blancos y bien alineados, unos labios hermosos y un olor bucal agradable, por lo que también hago mucho tratamiento de la halitosis”.

Relación personal y profesional

Si hasta ahora hemos visto claros ejemplos de vocación en esta saga, el de la doctora Beatriz Serrano de Haro se sale un poco de esta norma. “La mía es una familia de abogados y mi infancia y juventud estuvieron marcadas por las conversaciones dedicadas al mundo del Derecho. Sin embargo, yo me incliné por la rama de las Ciencias en el Bachillerato y, tras someterme a una operación de apendicitis, decidí hacerme médico”.

En la carrera de Medicina la doctora Serrano de Haro disfrutó con los conocimientos que adquiría, pero también comprobó la dureza psicológica del trabajo. “En mis prácticas hospitalarias me enviaron a un Servicio de Pediatría y allí descubrí lo duro que era para mí ver sufrir a los niños e incluso tener cerca casos de fallecimientos. La carrera la hice junto a dos compañeras íntimas y las tres decidimos que aquello no era lo nuestro. Por suerte, el hermano de una de estas amigas era dentista y un día fuimos a su consulta para conocer su trabajo; aquello nos maravilló: se hacía Medicina pero sin el estrés ni la dureza de un hospital, los pacientes acudían por sus propios medios y el ambiente entre compañeros era agradable”. Con esta visión, la tres amigas doctoras se integraron en la carrera de Odontología que acababa de estrenarse en la Universidad Complutense.

La llegada de la doctora Beatriz Serrano de Haro a esta titulación supuso un cambio importante en su formación y en su vida personal. “Yo estudiaba por las mañanas y trabajaba como médico por las tardes. Ciertamente había bastante diferencia, tanto en edad como en formación, con respecto al resto de mis compañeros en Odontología. Y en ese momento apareció Luis, que en su calidad de profesor me ofreció ser docente de una escuela de higienistas dentales. Aunque el proyecto de crear la escuela dentro de la facultad no salió adelante, sí surgieron otros centros para formar a este colectivo; por lo cual he trabajado mucho tiempo como profesora de higienistas dentales. Yo era médico y Luis me ayudó mucho en mi formación odontológica. Pasamos mucho tiempo juntos y así surgió una relación de amor”.
Cuando la doctora Serrano de Haro finalizó Odontología, en lugar de trabajar junto a su novio, decidió abrir consulta propia. “Él me ayudó en todo lo que pudo, pero yo quería tener mi espacio propio. Abrí un clínica pequeña en Madrid y cuando me fue posible me cambié a la actual, que está en la calle García de Paredes. Es una clínica general de la que soy directora médica y en la cual tengo a siete colaboradores, entre ellos a Luis, que hace toda la parte estética”.

Con la relación personal y profesional consolidada en la tercera generación, ya se habían puesto los mimbres para dar pie a la cuarta. La doctora Serrano de Haro lo expone de la siguiente manera: “Cuando formas un matrimonio de dentistas, te parece que lo natural es que los hijos también quieran serlo. En nuestro caso, un alto porcentaje de las conversaciones familiares incluyen de algún modo la Odontología: casos clínicos concretos, pacientes del abuelo, compañeros de docencia de Luis, amigos-dentistas y, sobre todo, muchos amigos-pacientes. Mi hija Beatriz, con 15 años, me dijo hace poco tiempo que quería entrar ya en la carrera de Odontología para poder participar en nuestras conversaciones”.

En esta misma línea se expresa el hijo mayor del matrimonio, Javier Calatrava: “Por supuesto que en mi decisión de ser odontólogo ha influido tener a unos padres dentistas. Cuando era muy niño quise ser piloto de aviación, como lo fue mi abuelo, pero a medida que fui creciendo sustituí aquella idea por la de ser médico o dentista”. Su madre recuerda una anécdota curiosa de la infancia de Javier: “A Luis y a mí siempre nos ha hecho una enorme ilusión que nuestros hijos quisieran ser dentistas, pero siempre hemos querido dejarles libertad de elección. Hemos apostado más por lo subliminal; por ejemplo, el primer día que Javier tuvo que celebrar Halloween en el colegio y tuvimos que preparar un disfraz con lo que tuviéramos a mano, nosotros le vestimos de dentista, con una bata, un gorro y un maletín de doctor lleno de chuches. Tuvo mucho éxito entre sus compañeros de colegio”.
Para el doctor Luis Calatrava, lo fundamental para conservar la tradición ha sido, entre otros factores, tener las consultas abiertas a los hijos. “A mis clínicas vienen siempre que quieren, pero sobre todo acuden a la de mi mujer, puesto que está muy cerca de nuestra casa”. Su hijo rememora la primera vez que les dijo a sus padres que iba a ser dentista: “Hice cuarto de la ESO en Estados Unidos y en un viaje de Semana Santa que hicieron mis padres para visitarme yo se lo dije porque ya lo tenía claro. Les hizo muchísima ilusión”.

En esos años de adolescencia, Javier no sólo se marcó como reto ser dentista sino conseguirlo formándose en la Universidad Complutense: “Cuando hice la selectividad mi única opción fue estudiar Odontología en la facultad de la Universidad Complutense de Madrid, por toda la vinculación de mi familia con este centro”. Su madre recuerda que para su hijo no había más salida que estudiar donde lo habían hecho sus padres y su abuelo: “Javier siempre ha sido un estudiante excelente y su expediente era buenísimo, pero ciertamente cuando vimos su nota en selectividad ese día lo celebramos. Se cumplía su sueño de formarse donde estudió y trabajó su abuelo y donde se formaron y se conocieron sus padres”.

El más joven de la saga ahora mismo está en cuarto y reconoce que cada día disfruta más aprendiendo, “los primeros años se hacen más pesados porque es mucho conocimiento teórico, pero ahora en cuarto estoy encantado porque ya empiezo a ver pacientes”. De cara a su futuro, sus preferencias en estos momentos se dirigen hacia la cirugía y la estética. “Me gusta mucho todo lo relacionado con la cirugía, con lo que retomo la pasión de mi abuelo, pero concretamente me atrae la periodoncia y la implantología, y ahí también encuentro el valor de la estética. Creo que mi perfil es producto de la combinación de mi padre y mi abuelo”.

Pese a su juventud, al más pequeño de la familia –sin contar a su hermana Beatriz– no le falta ambición e ilusión. “No sé todavía qué máster o posgrado haré cuando termine, pero tengo claro que he de formarme muy bien en diferentes campos. Hoy hay mucha competencia y eso nos obliga a ser profesionales excelentes. En mi mente está trabajar en Madrid, si puede ser colaborando con mis padres y con mi hermana si finalmente se hace también dentista, pero antes me gustaría hacer también algún tipo de formación en Estados Unidos. Ya he podido hacer prácticas en la Universidad de Pensilvania el año pasado y me encanta el modelo educativo americano”.

Integración familiar

Para la doctora Beatriz Serrano de Haro escuchar los planes de su hijo Javier es un motivo de orgullo. “Luis y yo colaboramos, pero cada uno tenemos nuestra consulta. No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero escuchando a mi hijo sería maravilloso que todos nuestros centros confluyeran en algo global gracias a su presencia”. Tal y como afirma el doctor Calatrava Larragán, trabajar en familia es una sensación espectacular cuando todos los miembros lo hacen libremente. “Beatriz y yo hemos hecho todo lo que está en nuestras manos para que nuestros hijos se formen de manera excelente y si ahora ellos quieren trabajar a nuestro lado, para nosotros es lo máximo como familia. Eso quiere decir que lo hemos hecho bien”.
Respecto a cómo introducir a las nuevas generaciones en la consulta, tanto la doctora Serrano de Haro como el doctor Calatrava coinciden en que debe ser un proceso lento pero constante. “Javier ya viene a nuestras consultas porque aunque no puede trabajar sobre el paciente sí puede ver cómo trabajamos nosotros, aprende de nuestra actitud y se deja ver”, explica el padre de familia.

Este proceso de integración lleva su tiempo y en él se aprenden cosas que van más allá de los tratamientos. Según afirma el doctor Calatrava, “lo básico y primordial es saber tratar a los pacientes. Nunca debemos perder de vista la relación médico-paciente, así que hay que transmitir calidad humana y sensibilidad. Además, el paciente dental cuando entra en una clínica pone en alerta todos sus sentidos y lo percibe todo: música ambiental, limpieza, tono de voz de los profesionales, imagen de los doctores, etcétera. Hay que cuidarlo todo porque de esos factores depende que el paciente confíe en ti”. Su hijo se expresa en el mismo sentido: “Esto también se enseña en la facultad, por lo menos en la Complutense, aunque seguramente la clínica privada sea el máximo exponente de una relación cercana con el paciente”.

Bajo su visión de médico, el doctor Calatrava Larragán insiste en que la confianza hay que ganársela día a día. “La Odontología ha cambiado radicalmente desde mi abuelo hasta mi hijo, pero lo que no podrá cambiar nunca es la relación médico-paciente. Quizá yo no me siento a tomar un café con los pacientes como hacía mi abuelo después de atenderles, pero sí les pregunto por la familia o por su trabajo. Mi consulta del Paseo de la Castellana está rodeada de oficinas y el ritmo en la calle es frenético, pero todo el personal está preparado para que cuando entra un paciente por la puerta se sienta tranquilo, confiado y sin estrés. Podemos utilizar la mejor tecnología, podemos hacer tratamientos innovadores, pero nunca deshumanizar las consultas. El paciente sufre dolor, tiene miedo o desconocimiento, por lo tanto no podemos tratarle sin humanidad”. Su esposa se manifiesta en el mismo sentido: “La relación médico-paciente implica una carga emocional que es preciosa. La magia de curar no se perderá nunca”.

Los doctores Calatrava de hoy son una familia plenamente adaptada a los tiempos actuales y con sus miembros perfectamente integrados. Todo ello les hace ver el futuro con optimismo. El doctor Calatrava Larragán lo tiene claro: “La Odontología es una ciencia en constante evolución. Ha progresado mucho en las últimas décadas, pero sus posibilidades de mejora son enormes. Eso sí, sobre todo creo que el futuro estará marcado por el gran recorrido de la estética. La población cada vez tiene más conciencia de la importancia de la higiene oral y trata sus patologías, pero desde hace unos años el gran interés es la sonrisa bonita, que es un medio para triunfar personal y socialmente. No es un lujo sino una necesidad”.

La doctora Beatriz Serrano de Haro aporta su punto de vista: “Han cambiado los tiempos y la Odontología que hizo el abuelo de Luis ya tiene poca relación con la nuestra o con la que hará Javier. Nuestra obligación es adaptarnos a las demandas de la sociedad que atendemos. Mi hijo y sus compañeros tienen muchos retos por delante, pero tienen la gran ventaja de ser nativos digitales. Su ámbito de acción ya no será sólo su barrio o su ciudad. Si te sabes adaptar, por supuesto que hay futuro”.

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