Doctor Esteban Brau, premio Santa Apolonia

  • 27 de Sep, 2017

¿Qué valoración hace del premio Santa Apolonia que le ha concedido el Consejo General? 
Este premio está considerado el de mayor prestigio en el ámbito de nuestra profesión y es la máxima distinción que concede a título individual el Consejo General en reconocimiento a la labor realizada a lo largo de una vida profesional. Por consiguiente, es un gran honor para mí, puesto que, según me comunicaron, tres colegios profesionales me propusieron para el mismo: Murcia, Cataluña y Primera Región. La votación fue favorable por unanimidad de todos los colegios de España. De todas formas, debo remarcar que, si bien es un premio individual, si no fuese por todos los compañeros que han colaborado conmigo en mis tareas profesionales, hubiese sido imposible realizar esta labor en pro de la Odontología.
 
¿Era un premio esperado o anhelado?
No podía ser un premio ni esperado ni anhelado por varios motivos. En primer lugar, si se trabaja con este objetivo, pocos son los logros que se pueden conseguir. Si he alcanzado alguno es gracias a trabajar en favor del progreso de la profesión y en absoluto pensando en un beneficio personal. En segundo lugar, porque cuando me llamaron los doctores Óscar Castro y Antoni Gómez para comunicármelo me quedé tan sorprendido que eché mano del teléfono móvil para buscar la definición de premio: “se otorga en agradecimiento o reconocimiento al esfuerzo realizado”. Mi sorpresa fue aún mayor, puesto que no he llevado a cabo ningún esfuerzo. He disfrutado con el trabajo y me ha llenado de satisfacción cualquier pequeño logro que he podido conseguir.
 
Gran parte de su trayectoria ha estado vinculada a la docencia como catedrático. ¿De qué se siente especialmente orgulloso en este ámbito educativo?
Efectivamente, después de 45 años de docencia, me enorgullece haber intentado formar a muchos compañeros para su desarrollo profesional. Me causa gran satisfacción cuando, en congresos, cursos o reuniones profesionales, se acercan algunos compañeros y me dicen: “Yo fui alumno suyo y todavía recuerdo sus enseñanzas”. El buscar no sólo el cómo de nuestros tratamientos sino el porqué de los mismos cambia el concepto de oficio a profesión e implica al clínico en todas sus actuaciones. 
Además, también he intentado colaborar en los programas docentes conducentes a la gran evolución que ha sufrido la Estomatología-Odontología. Tuve la suerte de participar en la puesta en marcha de la segunda Escuela de Estomatología de nuestro país, la de Barcelona. Aquel fue el primer plan de estudios en el que participé. Al ser nombrado por el Ministerio de Sanidad miembro de la Comisión Nacional de Estomatología, uno de los trabajos encomendados a la misma fue la transformación del Plan de Estudios de Estomatología de dos a tres años y, finalmente, el Plan de Estudios de Odontología y sus respectivas transformaciones.
En todos ellos, mi máximo anhelo ha sido pensar en el estudiante, en sus necesidades, en la manera más correcta que se le pueda formar, en intentar estimularle y en hacerle ver al paciente no como un diente enfermo sino como una persona enferma de una afección bucal, y esto es difícil. Además, en el diseño de un plan de estudios se genera una serie de factores no docentes sino administrativos, que provocan tensiones y algunas veces es difícil compaginar ambos conceptos. En cualquier caso, pienso que, pese a la gran disminución de horas docentes que han sufrido nuestros estudios, se consigue una formación correcta para ejercer la profesión.
 
Tras más de 40 años dedicado a la docencia, ¿cuáles son las luces y las sombras de la formación odontológica actual?
La profesión de dentista hace años era sinónimo de vocación, pero actualmente creo debe cambiarse el termino por el de “heroicidad”. Las estadísticas demuestran el exceso de producción indiscriminada de dentistas.  Hemos pasado de un déficit de profesionales en nuestro país a una saturación exagerada. El catálogo de prestaciones del Sistema de Salud ofrece muy pocas en nuestro ámbito, por lo que el número de plazas de odontólogos es ínfimo. Además, en la sanidad privada el ejercicio laboral se encuentra mediatizado por los intereses de ciertas compañías de seguros y por empresas sin finalidades sanitarias, que obligan al dentista a ejercer en condiciones que nada tienen que ver con la ética y la vocación.
Esta situación del mundo laboral obliga al graduado a emigrar, con lo cual estamos formando una gran cantidad de profesionales de los que se beneficia la Unión Europea. O bien, nos encontramos con la figura del “dentista de maletín”, que desarrolla un agotador pluriempleo, si lo consigue, con un prestigio social en flagrante caída y con un salario por debajo de un obrero cualificado. Todo esto redunda en una atención sanitaria que, desgraciadamente, cada día se refleja en el incremento de las denuncias en los colegios profesionales. Lo malo es que el profesional no es el causante del problema, sino las condiciones establecidas. Debería regularse drásticamente el número de plazas que ofrecen las universidades públicas y privadas para la formación odontológica y se debería revisar la legislación que exige los requisitos para la apertura de gabinetes dentales, además de ampliar la cartera de prestaciones de la Seguridad Social. De esta forma y a largo plazo, dado que la sobresaturación es extrema, podría conseguirse que el dentista pudiese ejercer su profesión con la ética necesaria para realizar una praxis al nivel requerido.
 
Usted estuvo trabajando en el Consejo General para la aprobación de las especialidades odontológicas, pero aún hoy éstas no han visto la luz. ¿Por qué es un tema tan difícil en España y no tanto en los países de nuestro entorno? ¿Qué impide su aprobación?
A mi juicio, el problema no son las especialidades sino la formación posgraduada, sin reglamentación en nuestro país. Los continuos avances en nuestra profesión, tanto diagnósticos como terapéuticos, obligan al dentista, como en todas las profesiones sanitarias, a un constante estudio y actualización de los conocimientos obtenidos durante el pregrado, que al poco tiempo de licenciarse pueden quedar obsoletos. Esta falta de reglamentación comporta en muchos casos que el dentista que no trabaja en un entorno de equipo, obvia la formación y su praxis puede desfasarse de los avances científicos. Asimismo, la falta de reglamentación también nos conduce a una explosión de la oferta privada de cursos de formación posgraduada, con unos mecanismos de control, bajo mi punto de vista, poco definidos, que confunden en gran manera a los profesionales que desean realizar esta formación.
Centrándonos en el tema de especialidades, han existido varias etapas. Cuando el Consejo solicitó mi colaboración todavía existía el temor, por parte del dentista generalista, de que éstas disminuyen sus competencias. A mi juicio, craso error, en primer lugar, porque las competencias profesionales vienen determinadas por el plan de estudios que genera el título y éstas no pueden ser mermadas por unos estudios de posgrado y, en segundo lugar, porque la creación de especialistas, que ya existen de facto, siempre la he vivido como una colaboración del especialista con el generalista, a fin de solucionarle a este último determinados problemas y eximirle de ciertas responsabilidades profesionales. Hoy en día, el dentista conoce sus limitaciones. La disminución de horas del grado no siempre permite ofrecer una formación al máximo nivel y, si a eso le añadimos la complejidad de determinados tratamientos, tanto en diagnóstico como en instrumental, lo que vemos es que en un pequeño número de pacientes, por la dificultad de su tratamiento específico, se pueden resolver los casos con un mejor pronóstico por el especialista que por el generalista.
De lo que sí podemos sentirnos satisfechos es de esta lucha en pro de las especialidades. Aquel temor de antaño ha desa­parecido y se ha conseguido, desde hace más de dos años, la unificación de criterios, firmando un documento conjunto entre universidades, sociedades y el propio Consejo, que considera fundamental y urgente la reglamentación de las especialidades en Odontología, partiendo además de la base de que en la Unión Europea somos uno de los tres únicos países que no disponemos de esta reglamentación. Si existen algunas coletillas de discrepancia, son lógicas cuando hay tantas personas involucradas en el proyecto. Sin embargo, a mi juicio, éstas no son el problema. Éste se genera cuando existen dos ministerios –Sanidad y Educación– involucrados en la reglamentación. Además, la Administración tiene problemas de un calado muy superior a la creación de nuestras especialidades que, si bien para nosotros son fundamentales, para ellos es la gota de agua en un océano. A esto le sumamos los múltiples cambios en la dirección de estos ministerios, lo que provoca iniciar el proceso nuevamente. El resultado es la dificultad que se genera para que vean la luz las especialidades en un futuro próximo. Efectivamente, es mi mancha en el logro de objetivos pensados, sin ninguna duda, pero creo que, con el interés que ponen los tres estamentos comentados, se podrá conseguir en un tiempo no muy lejano.  
 
¿Por qué un profesor reconocido como usted se embarcó en labores colegiales? ¿Compensa personal o profesionalmente la dedicación a la política odontológica?
No me embarqué por voluntad propia en labores colegiales, sino que lo hice cuando se pidió mi colaboración para intentar conseguir las especialidades oficiales; me gustó la idea y acepté el reto. Pero fue exclusivamente para este objetivo y buscando la unificación entre Universidad y Consejo, debido a mi proyección universitaria y no colegial.
Siempre he intentado marcarme unos límites que fuese capaz de abarcar y pienso que las tareas universitarias, la actividad profesional y mi propia formación eran lo suficientemente amplias para entrar en temas profesionales. En mi trayectoria universitaria he ocupado cargos de jefe de estudios, director de departamento y decano, lo que obligaba al conocimiento de este entramado legal que se necesita para justificar la necesidad de las especialidades odontológicas.

Ahora que recibe el premio Santa Apolonia como reconocimiento a toda su trayectoria, ¿siente que acertó al decidir optar por la estomatología?
Sin ninguna duda, creo que ha quedado suficientemente demostrada mi satisfacción por poder ayudar a mis pacientes a solventar su patología bucal y por intentar transmitir mis conocimientos para fomentar el interés y la buena praxis entre todos mis alumnos, así como intentar colaborar en los múltiples problemas que se le han ido presentado a nuestra especialidad a lo largo de toda mi vida profesional.
 
¿Por qué se formó como dentista y por qué se decantó por la endodoncia?
No tengo antecedentes familiares en la profesión odontológica, únicamente la amistad de mis padres con un doctor me hizo tomar un ligero contacto con este mundo. No obstante, cuando me matriculé por primera vez en la Facultad de Medicina mi objetivo era totalmente claro: poder acceder a la Estomatología. Terminada la licenciatura, ingresé en la Escuela de Estomatología de la Complutense para poder ejercer la profesión de dentista. La casualidad de conocer al doctor Espona me introdujo en el campo de la endodoncia, que prácticamente se iniciaba en aquellos tiempos. La finalización de mis estudios coincidió con la apertura de la Escuela de Barcelona y pude trabajar con mi maestro: el profesor Nadal Valldaura. Todo aquello me indujo a limitar mi campo de acción a la endodoncia. Esta área me impactó al tener un componente de microcirugía que evita la mutilación de los pacientes –evita las exodoncias–.
No puedo terminar esta entrevista sin dar las gracias a todas aquellas personas que me han ayudado a conseguir las metas propuestas en mi vida. En primer lugar, a todos mis exalumnos de pre y posgrado. Ellos me han obligado a una puesta al día difícil sin su estímulo. También gracias a todos mis compañeros y, especialmente, a mi maestro y amigo el profesor Nadal. Asimismo, estoy agradecido a todos mis colaboradores, tanto en el ámbito universitario como colegial, y finalmente a mi familia: mi esposa Josi y a mis hijas Isabelle y Chantal; reconozco que la dedicación a mi profesión les ha robado muchísimas horas familiares, sin recibir ninguna queja por su parte. A todos muchísimas gracias y ruego que sintáis este premio como un reconocimiento compartido con todos vosotros.

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