Doctor Gonzalo “Flaco” Romero, dentista y boxeador profesional

  • 04 de Oct, 2018

¿Cómo empezó en el boxeo?

El boxeo lo encontré tarde y casi sin buscarlo. De pequeño, con cinco o seis años, mi padre nos apuntó a mi hermano y a mí a kárate y estuvimos practicándolo durante algún tiempo. En mi casa siempre nos ha gustado hacer algún deporte y mi vinculación con los gimnasios viene desde niño. Luego, con 16 años probé el kick boxing durante unos meses para hacer otro tipo de entrenamiento y tener otra afición. Sin embargo, no me enganchó lo suficiente y lo dejé olvidado.

Posteriormente, me centré en los estudios y seguí practicando diferentes deportes. Con 21 años, ya en cuarto de Odontología, conocí un gimnasio en Madrid donde se practicaba boxeo y allí descubrí un ambiente muy bueno. De repente encontré mi sitio y mi deporte. Me apunté, empecé a entrenar y al poco tiempo ya estaba teniendo mis primeras peleas como amateur, concretamente con 23 años, en quinto de carrera. Mi recuerdo de la cena de graduación de Odontología es que no pude comer en exceso ni beber nada de alcohol porque al día siguiente tenía mi segunda pelea; de hecho, a la fiesta de graduación ya fui con la nariz rota después de un combate.

¿Generalmente los boxeadores profesionales empiezan mucho antes a practicar este deporte?

Lo habitual son los 16 o 17 años, y para estos jóvenes se organizan campeonatos juveniles. No obstante, al contrario que sucede en otros países, como Reino Unido u otros del norte de Europa, en España el boxeo sigue estando bastante limitado por las autoridades deportivas: no se difunde lo suficiente para ningún tipo de público y mucho menos para los menores de edad.

En mi caso empecé tarde a practicarlo, pero mi progresión fue muy rápida. Como amateur estuve algo más de tres años, hasta los 27 que debuté como profesional, y en ese tiempo hice 32 peleas. Luego como profesional el ritmo ha sido muy intenso: llevo 13 peleas y he participado en el Campeonato de España y el de Madrid, y he peleado bastante en el extranjero, en países como México, Reino Unido o Dinamarca. Mi carrera no ha sido tan cuidada como otras en el sentido de elegir los rivales para buscar peleas ganadoras –aquellas en la que a priori el rival es más débil–. Soy un boxeador al que le gusta subirse a un ring a boxear, aun sabiendo que el rival es mejor que yo; de hecho, he peleado con los mejores de España y con gente muy buena en el extranjero.

¿Qué aliciente encuentra en un deporte tan duro y exigente como el boxeo?

No podría definir una cosa concreta, pero sí es cierto que la sensación que tengo cuando me voy a dormir es que he hecho lo que me pide el cuerpo. Los entrenamientos son muy exigentes, pero soy un luchador en todos los aspectos de la vida y el boxeo forma parte de mí.

Los que practicamos este deporte tenemos muchos altibajos porque a veces los resultados no son buenos, pierdes algunas peleas y sabes que la familia sufre porque es un deporte de riesgo –aunque es muy bueno para la salud como entrenamiento, no lo es tanto cuando te subes a pelear–. Todo ello te lleva a pensar que no merece la pena seguir. Ahora tengo 31 años y me encuentro muy bien, pero una serie de contratiempos me llevaron a plantearme la retirada en marzo del año pasado; de hecho, me operé la nariz para dejármela bien. Sin embargo, todos los argumentos que te planteas para retirarte luego se vienen abajo cuando tu corazón te pide seguir. El boxeo me hace feliz y ahora estoy disfrutando con los entrenamientos y deseando subirme al ring a pelear, porque me ayuda a disfrutar de la vida.

¿Cómo es su categoría?

He hecho toda mi carrera en el supermedio, 75-76 kilos, pero en las últimas peleas he pasado a semipesado, con 79 kilos. Mido 1,93 y de ahí mi apodo de “Flaco”. En semipesado ahora me encuentro mejor al ser más robusto.

En el boxeo, los deportistas se diferencian en dos perfiles: por un lado, el fino estilista, que es muy técnico y que practica un boxeo bonito de ver, y, por otro, el duro fajador, que se basa más en la fuerza del golpeo, en el ímpetu. Mi estilo es de estilista, soy muy técnico. En comparación con otros rivales, quizá me falte algo de robustez y no soy un pegador nato; sin embargo, he tenido peleas con rivales fajadores y, aunque sé que mi fuerte es moverme y buscar la distancia, en ese momento no me sale y me quedo a pegarme con él.

De su físico lo más destacable es la altura. ¿Hay alguna ventaja en ello?

Es más un inconveniente porque en la categoría de supermedio, con 75 kilos, lo habitual es que el rival sea más bajo y sobre todo más robusto. Ellos se meten dentro de mi espacio y tienen mucha capacidad de pegada. A mi me va mejor guardar distancia, pero tampoco excesiva porque mi envergadura no es de las mayores, es decir, no tengo los brazos muy largos. Con una distancia media mis golpes llegan, pero también me llegan los del rival.

Medir 1,93 y pesar en torno a los 75 kilos, ahora un poco más, son unos rasgos característicos pero que en mi caso no son determinantes para ganar o perder.

¿Cómo se produjo el salto de practicar boxeo como amateur a ser un profesional?

Lo hice sin darme cuenta. Recuerdo perfectamente que en el primer gimnasio en el que estuve cuando tocaba “guantear” con otros compañeros –prácticas de pelea– me ponía nervioso. Luego pasé a hacer esos “guanteos” en sesiones interclubes –con otros gimnasios– y de ahí pasé a hacer peleas amateurs –boxeo olímpico–. Yo siempre decía a mis compañeros que mi objetivo no era pelear, pero sin darte cuenta empiezas a meterte en este mundo y vas progresando. En el boxeo amateur se utilizan guantes muy grandes y acolchados y las peleas son tres asaltos de tres minutos. En boxeo profesional el guante es mucho más pequeño y sólo llevamos un vendaje con esparadrapo; en esta modalidad las peleas son a cuatro, seis, ocho, diez o hasta doce asaltos.

En mi caso, hice 32 peleas de amateur en muy poco tiempo, en tres años. En España hacer diez peleas por año es mucho, pero en cambio en otros países es una cifra muy reducida. El problema de nuestro país es que hay mucho gimnasio, pero muy pocas peleas, no se invierte en ellas.

El salto a profesional es difícil, sobre todo porque falta apoyo organizativo. Una velada con cuatro o cinco peleas amateurs y dos profesionales genera unos gastos de varios miles de euros que para el mundo del boxeo son difíciles de asumir. No hay patrocinadores y las televisiones no lo apoyan; por tanto, esto se reduce a la capacidad de movilización que tengan los deportistas. En mi caso me considero un afortunado porque me sigue un número considerable de aficionados y hay muchos amigos que me apoyan, por lo que gracias a ellos se pueden organizar peleas.

¿Se planteó vivir sólo del boxeo?

Cuando di el salto a profesional la respuesta del público fue buena, hice varias peleas en España que salieron bien y en un momento dado decidí aparcar la Odontología para dedicarme sólo al boxeo. Me marché a Tijuana (México) y allí hice tres peleas, todas ganadas por KO. En aquellos meses vivía en San Diego (Estados Unidos). La experiencia estaba siendo buena y me ofrecieron un contrato para quedarme en Tijuana a pelear, pero es una ciudad complicada para vivir por la inseguridad y lo rechacé. Luego también me ofrecieron un contrato para quedarme en San Diego, pero al regresar a España para gestionar el visado lo estuve pensando y decidí asentarme aquí y probar suerte en mi país. Estuve algo más de un año dedicándome únicamente al boxeo, llegué a ocupar el segundo puesto de mi categoría en España y, justo cuando estaba preparando el campeonato nacional, volví a retomar la Odontología como mi verdadera profesión. El boxeo me encanta, pero vivir sólo de él representa mucha presión porque tienes que conseguir ingresos y eso significa que te juegas tu dinero pero también el de los miembros de tu equipo. Apostar sólo por el boxeo es intentar vivir de un sueño que puede salir bien o mal. Así que decidí retomar la Odontología, pero con un ritmo que me permitiese compaginar ambas cosas. Desde que retomé la Odontología trabajo en una clínica de Asisa Dental, en Madrid, tres días a la semana, de martes a jueves. Estoy muy bien porque puedo entrenar los lunes y los viernes con doble sesión, haciendo unas cuatro horas en total entre la parte física y la de boxeo, y luego en los días de trabajo en clínica hago todo en una sesión: los miércoles combino físico y boxeo y los martes y jueves sólo la parte física.

Soy muy exigente conmigo mismo y durante un tiempo toda mi vida ha sido el boxeo, el gimnasio se anteponía a todo, pero soy consciente de que tengo que hacer otras cosas y deseo sacar tiempo para seguir formándome como odontólogo.

¿Qué metas tiene actualmente en su práctica deportiva?

He participado en el Campeonato de España, también en el de Madrid, pero ahora mismo más que un objetivo concreto lo que quiero es seguir peleando. Una decisión relevante que he tomado con mi entrenador es apostar por mi carrera en el extranjero. Bajo nuestro punto de vista, con mi forma de pelear es muy difícil ganar peleas por puntos en España, ya que los jueces valoran mejor otros estilos. Por tanto, creemos que no es lógico seguir peleando aquí ayudando a otros boxeadores a subir a costa de nuestras derrotas. Llevo 13 peleas como profesional, con seis victorias –tres de ellas por KO–, y siete derrotas – dos de ellas por KO–. A mi juicio, las derrotas realmente justas han sido dos, en el resto creo que los jueces podrían haber tenido otro criterio. En el boxeo te valoran tres jueces y, aunque hay unas reglas de puntuación, no son excesivamente claras, con lo cual muchas veces se dejan llevar por las sensaciones. Al no ser un fajador, un boxeador con mucho ímpetu, quizá no transmito esa sensación de ganador que tienen otros, lo mío es más la técnica.

Realmente, en el boxeo no he tenido mucha suerte, pero a cabezón no me gana nadie. Si me tiran cien veces, cien veces me levantaré. Muchos compañeros me dicen que cómo soy capaz de seguir en este mundo teniendo además mi trabajo como dentista, pero yo siempre antepongo la ilusión y las ganas de hacerlo cada día mejor.

¿En el extranjero le ha ido mejor?

Generalmente sí, pero no sólo por ganar o perder, sino por las sensaciones. Cuando peleo en España no siempre soy yo mismo. Mi estilo es muy técnico y hago un boxeo bonito, con lo cual movilizo a mucha gente, pero eso me crea mucha presión en cuanto a satisfacer las expectativas. He hecho peleas fuera de España en las que puedo haber ganado o perdido, pero he sido realmente yo. Me subo al ring más liberado de la presión y voy simplemente a pelear.

En España, la falta de apoyo organizativo hace que los deportistas tengamos que dedicarnos a movilizar al público e invertir no sólo nuestro dinero sino el de los miembros de nuestro equipo. Pelear con esa presión se me hace complicado, por eso mi reto es quitármela. Ahora deseo subirme al ring liberado de toda presión y sólo disfrutar de la pelea.


¿En qué piensa cuando está en plena pelea?

Generalmente no hay tiempo para pensar. En el ring eres tú en estado puro. Durante los entrenamientos se practican unos automatismos, todo es a base de repetición, y en la pelea es lo que se debe reflejar. No hay capacidad mental para innovar o cambiar radicalmente de estrategia. Cualquier despiste se paga. En el Campeonato de España que disputé sabía que mi rival tenía un golpe concreto que podía resultar muy peligroso para mí. Lo habíamos entrenado mil veces para que no lo pudiera hacer, pero en un momento dado surgió esa mano, no la pude parar y me noqueó.

Mi entrenador, Matías, durante la pelea sólo me transmite tranquilidad y me pide que haga lo que ya sé. Sus órdenes son sencillas y claras, sobre todo que esté tranquilo, que respire y me centre en la pelea. Su forma de trabajar me encanta y por eso estamos juntos desde el principio.

Los triunfos son muy gratificantes, pero también hay que sobreponerse a las derrotas. ¿Es la parte más complicada?

Indudablemente. Mucha gente se retira cuando encarrila una serie de derrotas. Yo he tenido tres seguidas y muchos en mi caso lo habrían dejado. Pero más allá de por una cuestión técnica o del estado físico, sobre todo es por un tema psicológico. Sea una puntuación justa o no, lo cierto es que te han dado como perdedor y eso hay que digerirlo. Hay compañeros que después de un KO no vuelven a ser los mismos, pierden su ilusión, su chispa y es porque psicológicamente no están preparados para seguir.

¿Qué importancia tiene el equipo y los compañeros de gimnasio?

He tenido a compañeros que han sido muy importantes en mi trayectoria. He compartido gimnasio con campeones del mundo, de aquí de España fueron dos: Gabriel Campillo y Kiko Martínez. También he estado con Cristian Morales, que ha sido campeón de España y europeo. Ahora estoy muy contento en El Origen, el gimnasio de Pablo Navascués, que también ha sido campeón de España dos veces y campeón intercontinental. En el boxeo, como en muchos otros deportes, se pasa por varios ciclos y, al igual que unos compañeros se retiran, también llegan otros nuevos. Eso sí, para mí los más importantes son los entrenadores. Desde hace un tiempo también lo es Pablo Navascués, pero el que ha sido siempre mi entrenador es Matías, con él empecé y con él me retiraré. En el boxeo él tiene mi vida en sus manos, porque si me ve mal debe tirar la toalla; por tanto, mi confianza en él es total y mi lealtad también. Si un día Matías me dice que no sigue entrenándome, yo lo dejo, no voy a entrenar si no está él. Un equipo significa lealtad y confianza, el vínculo con el entrenador es muy especial.

¿Saben sus pacientes su dedicación deportiva?

Algunos sí saben que soy boxeador y lo llevo con normalidad. Al principio me daba un poco de apuro por aquello de la fama del boxeo, pero ahora no me preocupo de ello. También es verdad que con las redes sociales mucha gente busca quién es su doctor y cuando pones mi nombre en Internet lo normal es que me vean boxeando. Creo que muchos se sorprenden, pero realmente muy pocos me lo dicen en la consulta. También es cierto que no suelo ir con golpes en la cara porque mi piel se recupera muy rápido y, si alguna vez tengo algo muy llamativo en el labio o un ojo, siempre puedes evitar mostrarlo con la mascarilla o unas gafas. En ese sentido nunca he tenido problemas porque soy muy cuidadoso con la imagen que doy al paciente.

Más que la cara, lo que me preocupa sobre todo es mantener bien las manos, porque es con lo que trabajo en los dos ámbitos.


¿Y sus compañeros de gimnasio o rivales conocen su profesión de dentista?

Sí, después de tantos años casi todos los compañeros lo saben y muchos me preguntan cómo he llegado a este mundo. Entiendo que se sorprendan porque no es habitual encontrar a dentistas en este deporte, yo no conozco a ningún otro.

¿Qué práctica clínica hace?

Soy dentista general en Asisa Dental, en la clínica de la calle General Moscardó (Madrid), que es un centro muy grande y donde tengo muchos compañeros. Estoy muy contento. Antes de dejar la Odontología ejercí un tiempo como autónomo en varias clínicas y, aunque el trabajo me gustaba, terminé muy cansado del ir y venir de una clínica a otra, siempre corriendo, estresado con el coche por Madrid, trabajando muchas horas para que fuera rentable. Ahora tengo un horario que me permite compaginar el trabajo con el boxeo; de hecho, entré en Asisa con esa condición. Me gusta ser un dentista generalista, aunque sí me atrae cada vez más la estética y voy a cursar el Experto en Estética de la Universidad Complutense para profundizar más.

Además de su dedicación al boxeo, también tiene una faceta solidaria a través de la ONG Smile is a Foundation, con la que ya lleva varios años acudiendo a Zimbabue para atender a personas sin recursos. ¿Por qué esta otra dedicación?

Porque es una labor que todo el mundo debería hacer. He ido ya dos años a Zimbabue y en noviembre volveré otra vez. Smile is a Foundation es una entidad que promovieron los doctores Diego Romero –que es mi primo– y Sergio Morante. Antes de que yo dejara la Odontología, trabajaba con ellos y no fui a los primeros viajes porque me quedaba en Madrid sustituyéndoles mientras ellos iban a África. Sin embargo, cuando regresé de América y pensé retomar la Odontología una de las primeras cosas que hice fue hablar con mi primo Diego –que es el presidente de la fundación– para decirle que quería ir a Zimbabue; de hecho, fue el empujón definitivo para volver a esta profesión.

Todos los años vamos durante diez días, en novi­embre, un grupo de compañeros dispuestos a hacer una Odontología muy diferente a la de aquí en cuanto a medios, porque trabajamos en campamentos y con pacientes sentados en sillas de plástico, pero es muy gratificante. Hacemos conservadora, endodoncia y quirúrgica –sobre todo extracciones–, y vemos a unos 800 o 900 pacientes diarios durante seis días. El resto de las jornadas en Zimbabue las dedicamos a mover el campamento y prepararlo. Es una labor intensa, agotadora porque no queda tiempo ni para comer, pero muy bonita porque significa dar tu ayuda sin pedir nada a cambio. Ahora también llevamos ópticos y estamos recaudando fondos para operar de cataratas.

La Odontología es un tra­bajo gratificante, pero pue­des caer en la rutina, por eso me gusta ser generalista, por enfrentarme a pacientes de diferente perfil cada día. Ahí tiene un punto en común con el boxeo, se entrena una rutina para luego enfrentarte a un rival que cada vez es diferente. Viajar a África te libera de toda la rutina. En Asisa Dental entré con dos condiciones: trabajar tres días a la semana para poder boxear y tener parte de mis vacaciones en noviembre para poder ir a Zimbabue con Smile is a Foundation.

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