Honestamente formado

  • 08 de May, 2018

En estos días en los que se ha puesto en entredicho una parte de la formación universitaria–casos aislados por supuesto, pero con mucha repercusión mediática–, conviene recordar el esfuerzo que muchos centros académicos, profesores y alumnos están haciendo a diario para que el conocimiento progrese y con ello el conjunto de la sociedad.

El hecho de ver en las portadas de los periódicos o en los informativos de radio y televisión que se conceden tratos de favor a según qué personas, inmediatamente nos hace sospechar que en algunas universidades puede haber algunos tratos de favor. Estas noticias no hacen sino acrecentar los rumores de “enchufi y “endogamia” tan habituales en muchos sectores de la sociedad española, también en el ámbito académico. Nos puede enfadar, incluso nos puede irritar, pero también hemos de reconocer que no nos pilla de nuevas. Nos llevamos las manos a la cabeza más por los nombres de quienes aparecen en las noticias que por el hecho mismo de ese “amiguismo” mal entendido.

Pero la formación, universitaria o de otro tipo, no es eso. No convendría caer en las gene- ralizaciones, porque nos dejaríamos llevar por la crítica fácil y por las habladurías sin fundamento. De una forma u otra, todos hemos tenido una relación de profesor-alumno en nuestra vida, un vínculo basado en el compromiso por enseñar y por formarse. La transmisión de los conocimientos, más o menos profundos o técnicos, requiere la confianza entre las dos partes: tanto los docentes como los alumnos deberían actuar desde la honestidad y la responsabilidad. Bien es cierto que existen varios mecanismos para garantizar que la formación que recibimos es de calidad, está contrastada y se ajusta a las expectativas generadas, pero si fallamos en la base del compromiso ético y faltamos a la verdad todo este modelo se viene abajo.

En el sector que a nosotros nos incumbe, la formación es dispar en cuanto a su sistemá- tica. Tenemos muchas universidades con másteres, títulos propios o cursos de experto; también escuelas privadas o clínicas que desarrollan formaciones más o menos largas y especializadas, y a la vez contamos con talleres, simposios y congresos casi todos los fi de semana. Por lo tanto, lo que no falta en España es oferta formativa –ni tampoco estudiantes, dada la actual plétora–. La necesidad de diferenciarnos del resto en un mer- cado de alta competencia y de ofrecer los mejores servicios a los pacientes nos ha llevado a crear una estructura formativa que, aun sin ser perfecta, sí está dando sus frutos: el nivel de la odontología española es de los más altos de Europa y del mundo. No obstante, sigue habiendo muchos puntos de mejora en cuanto a universalidad, accesibilidad, costes, regulación, etc.

Decíamos que llevamos días hablando de falsifi de másteres sospechosos y de tratos de favor, pero levantemos la cabeza de esas portadas de periódico o de esos informativos y miremos a nuestro alrededor. Seguramente ahora sí veremos a los verdaderos protagonistas de nuestra sociedad: estudiantes y profesionales en ejercicio que se esfuerzan cada día por aprender una cosa más, por ser mejores en su campo y por crecer como personas honestas y responsables.

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