SAGAS DE LA PROFESIÓN

Familia Morante Mudarra

  • Del dentista rural al especialista de élite
  • 30 de Abr, 2013

Del dentista rural al especialista de élite

Mientras que en estos momentos las mujeres representan la inmensa mayoría de los estudiantes de Odontología, a mediados del siglo pasado la tendencia era totalmente la contraria: no era raro ver promociones sin apenas presencia femenina. “En mis años en la Escuela de Estomatología de la Universidad Complutense de Madrid sólo éramos cuatro o cinco mujeres”, confirma la doctora Elena Mudarra Sánchez-Cañete, jubilada desde hace seis años y que siempre ejerció en Madrid. “Durante mucho tiempo, las mujeres dentistas éramos una rareza, pero no por ello nos sentíamos discriminadas. La mayoría de la profesión nos respetaba, y aquel compañero que no lo hiciera se lo recordábamos nosotras. Sin embargo, algunos pacientes eran reticentes y dudaban de nuestra pericia e incluso de nuestra fuerza para extraer las piezas. Muchas veces tuve que explicar que no es cuestión de ser fuerte sino de saber desarticular”, explica esta veterana doctora.

La doctora Mudarra representa la tercera generación de dentistas en una familia que ejemplifica la evolución de la profesión desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. “El primer dentista de nuestra saga fue mi abuelo, el doctor Cecilio Mudarra Cerezo, que nació en los años 70 del siglo XIX y siempre ejerció en Alcalá la Real, en la provincia de Jaén. Le siguió mi padre, el doctor Manuel Mudarra Cuenca, que pasó casi toda su vida profesional en Málaga y luego yo heredé la vocación. En mi caso, siempre trabajé en Madrid. Desde hace más de una década la saga odontológica está plenamente activa gracias a mi hijo, el doctor Sergio Morante Mudarra, que cuenta con dos clínicas propias, una en Madrid y otra en Valdemoro (Madrid), y es codirector de dos centros del grupo Periocentrum, uno en Madrid y otro en Guadalajara. Además, mi hija Elena Morante Mudarra es higienista dental y la mujer de Sergio, la doctora Natalia Ortiz López, también es odontóloga; ambas trabajan con mi hijo”, explica la doctora Mudarra.

“Somos una familia con mucha vocación por la Odontología. Evidentemente, el trabajo que realizaron mi bisabuelo o mi abuelo y el que hago yo hoy son absolutamente diferentes, pero algo tiene esta profesión que engancha a quien la prueba; en unos casos es la relación humana con el paciente, algo que veo muy claro en la práctica de mi madre o mi mujer, y en otras ocasiones es el reto por mejorar los tratamientos o la adaptación a la constante innovación, lo que se refleja en mi día a día”, afirma el doctor Sergio Morante.
Desde el siglo XIX

El doctor Cecilio Mudarra Cerezo, el primer dentista de esta saga, ejerció la profesión sin una titulación específica para ello. “El doctor Florestán Aguilar creó la primera escuela de Odontología en 1900 y mi abuelo empezó en este terreno unos años antes”, detalla la doctora Mudarra, quien explica su percepción de él: “Yo conocí su consulta e incluso a pacientes suyos, así como a hijos y nietos de éstos. Todos hablaban de él como una persona muy adelantada a su tiempo”. En la Andalucía de finales del siglo XIX, el índice de analfabetismo era elevado, por lo que las inquietudes sanitarias e innovadoras del primero de los doctores Mudarra eran muy valoradas. “De todos modos, hay que reconocer que en aquellos años la Odontología que se hacía era muy básica: extracciones y fijación de prótesis de caucho para que el paciente pudiera comer. Un familiar de un paciente de mi abuelo me recordaba hace poco que éste ofrecía sus servicios con dolor o sin dolor. Algunos pacientes tenían que elegir la opción más dolorosa porque no tenían dinero para pagar la anestesia. Era una España bastante pobre”, recuerda la nieta del doctor Cecilio Mudarra.

La vocación por la Odontología continuó en esta familia a través del doctor Manuel Mudarra Cuenca. “Mi padre nació en 1905 y él sí estudió Odontología en Madrid, se tituló en 1931. Pese a que su padre enviudó muy joven y se quedó solo con cuatro hijos, quiso que todos ellos estudiaran y se formaran. A mi padre lo mandó a estudiar Odontología a Madrid y a mi tío Prudencio Mudarra Cuenca le enseñó a confeccionar prótesis”, recuerda la doctora Mudarra.

Después de que el doctor Manuel Mudarra obtuviera la titulación como odontólogo, su padre le montó una clínica en Madrid para que trabajara en ella junto a su hermano Prudencio. “La clínica estaba en el número uno de la calle Raimundo Fernández Villaverde, que por aquel entonces era el límite de Madrid. Mi abuelo no podía permitirse una clínica más céntrica, pero si pensó que sus hijos tendrían un mejor porvenir en Madrid que en Alcalá la Real”, afirma la veterana doctora.

Sin embargo, la estancia de los hermanos Mudarra en Madrid fue breve. “En la década de los años 30 empezó a incorporarse el metal a las prótesis y mi abuelo quiso que mi padre aprendiera a manejar estas nuevas técnicas. Así, a mediados de 1936 le pagó un viaje a Estados Unidos para que se formara. Sin embargo, el 7 de julio de 1936 mi padre se desplazó a Alcalá la Real para despedirse de su novia antes de emprender su viaje a América y sólo once días después estalló la guerra civil”, explica la doctora Mudarra. Esta coincidencia hizo que el doctor Mudarra Cuenca no sólo perdiera su viaje a Estados Unidos sino que tampoco pudiera volver a Madrid, por lo que se vio en la tesitura de empezar a trabajar con su padre en Alcalá la Real. Mientras tanto, en la clínica de Madrid se quedó el protésico Prudencio Mudarra, “pero él tuvo muy mala suerte: primero le expropiaron la clínica y al poco tiempo falleció”.

Tras este abrupto cambio de planes, en 1937 el doctor Manuel Mudarra contrajo matrimonio y se estableció en Málaga, de donde ya nunca se movería. “Mi padre montó su clínica en su casa, que es lo que se hacía en aquellos años, y a su profesión le dedicó toda su vida. Trabajó hasta los 72 años, cuando un problema de visión no le permitió continuar. Aunque él estaba solo en la consulta, siempre tuvo dos sillones: el que adquirió cuando abrió la clínica y el que recuperó de su consulta de Madrid, un Ritter muy bueno que compró al Depósito Garralda. A veces pienso que conservó los dos equipos porque tenía la ilusión de que algún día yo regresara a Málaga y trabajara con él”, recuerda con añoranza la doctora Mudarra.

El doctor Manuel Mudarra realizaba una Odontología general, pero se distinguía por su afán conservador. “Le gustaba mucho la endodoncia y siempre me decía que había que tener ojos en los dedos. En sus primeros años de ejercicio no había equipos de rayos X en las consultas”, señala su hija.

“Lógicamente, nosotros hemos compartido mucho más con mi madre que con mi abuelo, pero sí recordamos su clínica y la sala de espera siempre llena”, rememoran tanto el doctor Sergio Morante como su hermana Elena. En este sentido también se manifiesta su madre: “Mi padre disfrutaba muchísimo con su trabajo y no le importaba prolongar los horarios hasta las diez de la noche. Era su pasión. Además, al igual que hizo su padre, él quería dar la mejor formación posible a sus hijos; éramos ocho y a todos nos pagó los estudios universitarios. También es cierto que él ejerció en una época de bonanza para la Odontología. En aquellos años en Málaga sólo había cinco dentistas y todos vivían muy bien”. Y añade: “Mi padre era muy buen dentista, pero no tenía ningún tipo de aspiración empresarial. Recuerdo que invirtió un millón de pesetas en la creación de la Clínica El Ángel, en Málaga, y cuando este centro cambió de manos él no reclamó su parte. Era la época en la que un dentista podía comprarse un piso con el sueldo de un mes, pero mi padre nunca desarrolló la parte lucrativa”. El doctor Sergio Morante resume brevemente el carácter de su abuelo: “Él tenía dos objetivos claros en su vida: tratar a sus pacientes y proporcionarles una buena educación a sus ocho hijos, de los cuales siete eran mujeres. A veces me contaba que las personas de su época le preguntaban cómo iba a colocar a siete chicas, dando por hecho que casándolas, y siempre respondía que sus hijas irían a la Universidad y se labrarían un porvenir por sí solas. Y así fue”.

De los ocho hijos del doctor Mudarra Cuenca sólo la doctora Elena Mudarra Sánchez-Cañete heredó la vocación odontológica. “Desde niña tuve muy claro que quería ser dentista como mi padre. Me encantaba entrar en su consulta y verle trabajar, siempre con su bata blanca y vigilando la asepsia”. Ella se tituló en Medicina en la Universidad de Granada y posteriormente dio el salto a Madrid para ingresar en la Escuela de Estomatología de la Universidad Complutense. “Fue una etapa muy bonita, porque a Madrid llegábamos estudiantes de cualquier punto de España y todos teníamos el mismo objetivo: ser dentistas. En mi promoción coincidí con compañeros de mucho talento, tales como los doctores Antonio Bascones, José Lozano, José Echeverría, Juan José Montalvo y otros”. 

Tras la obtención de la especialidad, la doctora Mudarra decidió establecerse en la capital. “Conocí a mi marido durante mis años de estudiante, él era abogado, y tras titularme decidimos quedarmos a vivir en Madrid. Estoy segura de que mi padre pensaba que yo regresaría a Málaga para trabajar con él, pero nunca me lo dijo. Respetaba mucho mi independencia”, explica. El hecho de estar a muchos kilómetros de distancia no impidió la conexión odontológica entre padre e hija. “Durante mis años como estudiante de Medicina en Granada tuve la oportunidad de trabajar al lado de mi padre y aprender muchísimo. Todas las vacaciones las pasaba en la consulta. Recuerdo que hacíamos las amalgamas con un almirez”, afirma la doctora Mudarra. “Después, cuando monté mi primera clínica en mi propia vivienda, en los primeros años hablaba mucho con mi padre por teléfono  porque estaba desconsolada. Yo estaba acostumbrada a verle siempre con la sala de espera llena y a mi no me venían pacientes. Él siempre me aconsejaba que tuviera paciencia porque tenía que dar tiempo a que la gente me conociera. Seguí sus recomendaciones y poco a poco fui haciendo una cartera de pacientes y con el tiempo pude abrir una clínica independiente de mi casa, en la calle Cartagena”.

La doctora Elena Mudarra heredó de su padre la vocación odontológica y también el gusto por los trabajos conservadores y los relacionados con la prótesis. “En mis tiempos, conservar era lo fundamental. Casi siempre lo natural es lo mejor. Además, en aquellos años había pocas opciones para sustituir las piezas; colocar una prótesis removible aún era una solución aceptable, pero las completas daban muchos problemas”. Esta tendencia conservacionista también se muestra en la práctica de su hijo, el doctor Morante, quien afirma: “Tanto en Periocentrum como en mis clínicas independientes mi trabajo es conservar siempre que se pueda. En estos momentos, la tendencia mayoritaria en el sector es extraer, pero mis compañeros y yo estamos convencidos de que se trata de un camino erróneo. Sólo extraemos aquellos dientes en los que la ciencia dice que el pronóstico es imposible”.

Nuevos tiempos, nuevas vocaciones

La nueva generación de profesionales de la Odontología está liderada por el doctor Sergio Morante, cuya vocación por el sector dental le llegó después de haber probado fortuna en otros terrenos. “Tras terminar el bachillerato, me inscribí en la Academia de Preparación Militar y empecé Ciencias Físicas por la UNED. Mi objetivo era opositar para ser piloto de reactores en el Ejército del Aire. Estuve tres años intentándolo. En el segundo año saqué plaza para el Ejército de Tierra, a la que renuncié, y el tercer año obtuve plaza en la Marina, a la que también renuncié porque las opciones de piloto de caza eran mínimas”, explica el doctor Morante. En aquel momento, tras haber hecho hasta tercero de Ciencias Físicas, este profesional se tuvo que replantear su futuro: o bien terminar aquella carrera o bien dar un cambio de rumbo radical y empezar de cero. Apostó por lo segundo, y entonces apareció la opción de la Odontología. “Yo conocía el trabajo de mi madre en su clínica y me gustaba lo que veía; además, no sentía aversión a la sangre. Así que me matriculé en Odontología en la Universidad Europea de Madrid e hice la carrera sin demasiados sobresaltos. La disciplina de estudios de la academia militar me sirvió mucho”. Al terminar la carrera, el doctor Morante empezó a trabajar en la clínica de su madre, pero su mayor interés en aquel momento era seguir formándose. “Experimenté una obsesión un poco enfermiza por seguir estudiando, me faltaban muchos datos para realizar los tratamientos con seguridad. Así, me propuse hacer el máster de periodoncia de la Complutense junto al profesor Antonio Bascones y el doctor Mariano Sanz, pero me costó entrar tres años, por lo que aproveché este tiempo, aconsejado por el doctor Bascones, para realizar el doctorado. Aquel máster me cambió la vida: me formé en algo que me apasiona, obtuve un gran nivel de conocimiento y entré en contacto con los que ahora son mis socios en Periocentrum”.

El relato del doctor Morante sobre cómo llegó a la profesión aún le parece asombroso a su madre, ya que sus impresiones hace unos años eran totalmente diferentes. “De mis hijos, yo siempre pensé que la que seguiría mis pasos como dentista sería mi hija Elena. Ella tenía una vocación clarísima”, señala la doctora Mudarra. Sin embargo, al no obtener nota suficiente, Elena Morante se matriculó en Periodismo, “pero no me gustó la elección y finalmente no terminé estos estudios. Así que decidí volver al mundo de las clínicas, pero como higienista dental”, explica la hija de la doctora Mudarra. Con este proyecto laboral, Elena Morante obtuvo plaza en la Seguridad Social y trabajó en la provincia de Segovia durante más de diez años, primero en Cuéllar y posteriormente en Segovia capital, pero llegó un momento en el que su deseo principal era volver a Madrid. “Por eso, cuando en 2008 mi hermano me propuso trabajar con él, no lo dudé. Hay un cierto riesgo en el hecho de trabajar con la familia, pero nosotros nos conocemos muy bien y me hizo mucha ilusión regresar a su lado”, aclara esta experimentada higienista dental. “Elena es mi auxiliar y es con quien más a gusto me encuentro en las cirugías complejas. Somos hermanos y conectamos muy bien, lo que no quita que en la clínica cada uno desempeñemos nuestro papel”, asegura el doctor Morante.

La doctora Natalia Ortiz López, la mujer del doctor Morante, ha sido la última en sentir la llamada de la Odontología. “En mi caso, la vocación era la Enfermería, así que me formé y empecé a trabajar en este campo”, señala la doctora Ortiz, pero añade: “aunque me gustaba lo que hacía, me di cuenta pronto de que la Enfermería vive momentos complicados en España, a lo que se unía que mis horarios y los de Sergio eran totalmente incompatibles, por lo que cuando él me animó para que me formara como dentista decidí dar el paso”. La doctora Natalia Ortiz terminó la carrera el año pasado y ahora está trabajando en la clínica familiar de la calle Cartagena.

Del paternalismo al pragmatismo

En esta extensa familia de dentistas se refleja muy bien la evolución que ha seguido la profesión en el terreno científico, así como los cambios que se han experimentado en el trato con el paciente. La doctora Mudarra recuerda que sus pacientes, así como los de su padre o su abuelo, eran personas que confiaban plenamente en los tratamientos que les realizaban: “Como dentistas de familia, atendíamos a los abuelos, los padres y los hijos y el trato era siempre muy cercano. Además, los pacientes tenían muchísimo respeto por los dentistas y sus diagnósticos. No digo que el paciente tenga que aceptar nuestra valoración del caso sin más, pero en cierto modo sí me da pena ver cómo hoy los profesionales de la Medicina y la Odontología han perdido ese respeto por parte de los pacientes”. Sobre este punto el doctor Sergio Morante tiene algunas matizaciones: “En mi opinión, todo el mundo médico ha pasado de una postura muy paternalista a otra más real y científica. Ahora, nuestro criterio está regido por los porcentajes de éxito. Mientras que hace unas décadas era habitual que el doctor siempre intentara adornar un mal pronóstico, e incluso llegaba a realizar tratamientos que sabía de antemano que tenían pocas probabilidades de éxito, hoy se es mucho más pragmático. Sólo me dedico a cirugía, implantes y periodoncia y sé lo que afirma la literatura sobre cada tipo de caso; por lo tanto, éticamente no puedo divagar o hacer un diagnóstico suavizado para que el paciente no se lleve un disgusto”. En este punto, la doctora Mudarra señala: “Mi hijo tiene razón en el sentido de que antes pecábamos de exceso de protección al paciente, pero también es cierto que nuestro conocimiento, en general, no era como el de ahora. Su hijo insiste en este aspecto: “Se ha pasado de una praxis basada en la experiencia a una praxis fundamentada en la evidencia. Antes se aprendía gracias a los errores que se cometían y ahora de los aciertos. En cualquier caso, la experiencia no hay que menospreciarla, hay partes de la Odontología, como la estética o la conservadora, que tienen mucho de arte y ahí los años de práctica son muy importantes”.
Pese a que la nueva generación de profesionales de esta saga familiar aboga por el conocimiento científico como guía de la evolución, no por ello quita mérito a sus antecesores. “Lo que hacía la generación de mi abuelo o la de mi madre era heroico, porque con muy pocos conocimientos científicos, sin tener muy claro lo que podía pasar a largo plazo, trataban a los pacientes lo mejor que sabían”, apostilla el doctor Sergio Morante.

La actualización de la profesión fue una constante a lo largo de todo el siglo XX, pero sobre todo se ha hecho patente en los últimos años. “Entre el ejercicio que desempeñaron mi abuelo o mi padre y el que luego yo realicé hubo grandes diferencias, pero el gran salto se ha producido entre mi práctica y la de mi hijo. Hoy se hacen cosas que hace sólo unos años eran impensables”, señala la doctora Mudarra. Aún así, hoy conviven varias generaciones de profesionales sin una uniformidad en sus conocimientos. “Hay algunos doctores veteranos que se han preocupado de actualizarse y están al día de los avances quirúrgicos y biológicos, pero lamentablemente esto no está generalizado. Muchos doctores siguen encerrados en sus clínicas, sumidos en su día a día, y no se interesan por la formación continuada”, asegura el doctor Morante.

A contracorriente

Madre e hijo compartieron práctica entre los años 1999 y 2006 en la clínica de la madrileña calle Cartagena. Ella cubría las mañanas y él las tardes. “Mi madre siempre quiso combinar su vocación odontológica con el cuidado de sus hijos, así que sólo trabajaba por las mañanas. Sin embargo, al titularme yo decidimos abrir también por las tardes”, detalla el doctor Morante. Tanto él como su hermana Elena ven con cierta envidia el ritmo de trabajo de su progenitora, “ella fue una afortunada por poder combinar muy bien trabajo y familia. Hoy esa limitación de horarios es imposible en una ciudad como Madrid”, afirma Elena Morante.

“En estos momentos, los dentistas con clínica propia somos en gran parte empresarios y a este cometido burocrático, de compras, pagos de impuestos o control financiero, le dedicamos casi la mitad de nuestro tiempo. Mi madre y mi abuelo prácticamente no tenían más preocupación que contactar con los proveedores periódicamente y tener un balance de ingresos y gastos favorable. Hoy todo es mucho más complicado”, señala el doctor Morante. 

“La dejadez por los asuntos empresariales quizá esté generada por la bonanza que vivíamos en la época de mi padre o la mía. En los años 50 y 60 mucha gente en España lo pasaba mal económicamente, pero mi familia vivía muy bien. Particularmente, me da un poco de apuro reconocer que éramos un gremio privilegiado; si se trabajaba mucho, la recompensa económica estaba garantizada”, explica la doctora Mudarra.

Su hijo Sergio tiene claro el panorama actual: “Definitivamente, se acabó el chollo de ser dentista. Un recién licenciado ahora no es ni mileurista y ya nunca volveremos a la situación de hace unos años. En cualquier caso, soy optimista y el cambio lo veo de manera positiva. Antes había pocos profesionales y algunos de ellos se podían permitir ser malos y seguir viviendo bien. Ahora, el profesional que quiere triunfar tiene que hacer una Odontolgía de excelencia, porque si no el mercado te come. Me preocupa que haya un paro tremendo en la profesión y que las salidas laborales estén complicadas, pero no podemos resignarnos y quedarnos sólo en el lamento. Vivimos un momento en el que sólo sobrevivirá el que esté formado”. También en este sentido se manifiesta su hermana Elena: “La seguridad de mi hermano Sergio se contagia a todo el equipo. Él se ha formado mucho y hoy es un especialista excepcional, quizá por eso cuando el sector se queja por el paro y el deterioro económico, nosotros seguimos teniendo las consultas plenamente activas. Hay que trabajar muchas horas, pero si eres bueno los resultados llegan”. El doctor Morante explica cómo él entiende su ejercicio en medio de un panorama complicado: “En Madrid no llegamos ni a mil pacientes por dentista. Se cierran más clínicas que las que se abren, por lo que el propio mercado ha depurado el sector. Particularmente, tengo claro mi objetivo: práctica especializada, ligada a la investigación y la docencia y siempre buscando la excelencia”.

El ejemplo del doctor Morante en el sentido de explotar su propio nicho de mercado está en consonancia con los tiempos actuales, en los que el desempeño de la profesión se puede materializar a través del concepto de dentista generalista o mediante la especialización en una disciplina concreta. “Estoy plenamente a favor de las especialidades odontológicas y me considero especialista, pero creo que hoy el generalista tiene más sentido que nunca: él es quien reparte el trabajo y quizá habría que entenderlo como un especialista en sí mismo, ya que tiene que ser muy bueno diagnosticando. Nuestra apuesta por Periocentrum demuestra nuestra idea de clínica muy especializada, que convive con otros centros más generalistas. La tendencia más extendida en el sector es convertir las clínicas especializadas en policlínicas, pero nosotros hemos decidido ir a contracorriente para  recuperar el concepto de centro especializado en combinación con la práctica de derivar pacientes”. Según afirma la doctora Mudarra, los comienzos de su hijo con Periocentrum no fueron sencillos, “en algunas ciudades otros profesionales veían su presencia con cierto temor porque pensaban que les iban a quitar pacientes”. “El problema está en que el concepto de derivar ha cosechado muy mala fama porque no se ha respetado. Hace unos años, si derivabas un paciente tenías el riesgo de perderlo. Para nosotros, la máxima es el respeto: prefiero perder un paciente que al doctor que me lo refiere”, explica el doctor Morante. Y añade: “Algunas clínicas muy reconocidas pueden permitirse el lujo de contar con especialistas en casi todas las disciplinas, de ahí que pasen a ser policlínicas, pero muchas otras no disponen de esas posibilidades. A estas últimas es a las que les ofrecemos nuestros servicios”.

En cuanto a la rentabilidad de las clínicas especializadas, el doctor Morante asegura que su caso demuestra que se puede conseguir, “lo estamos comprobando en Ávila, Segovia, Guadalajara y Madrid. Además, generalmente el paciente periodontal es crónico y suele tener muchas patologías, por lo que nosotros también repartimos trabajo a otros compañeros”.
Otra apuesta del doctor Morante y el equipo de Periocentrum es la formación. “Nuestro perfil es el de especialistas permanentemente actualizados y nuestro conocimiento lo estamos compartiendo con los compañeros. En el mercado de la formación hay un gran descontrol y a muchos profesionales les resulta complicado cribar lo bueno de lo malo. Nuestros cursos siempre son prácticos, concretos y personalizados. Por ejemplo, tenemos cursos para ocho alumnos en los que intervienen cinco profesionales docentes. Asimismo, nos apoyamos en desarrollos informáticos, realizados por nosotros mismos, para que la formación sea totalmente clarividente”.

Profesión estresante

El ejercicio de la profesión de dentista puede tener tantas versiones como profesionales hay en este campo. Pero además de los gustos personales, el momento influye de manera decisiva. “En nuestra familia tenemos ejemplos de práctica de todo tipo. Los más antiguos fuimos dentistas de familia. Mi hijo Sergio realiza un ejercicio muy especializado y con mucho riesgo y mi nuera está empezando también como odontóloga general. Cada uno tiene su proceso y ha de ajustar sus preferencias a lo que demanda el paciente”, explica la doctora Mudarra. En este sentido, el doctor Morante aclara que al paciente no siempre hay que darle lo que pida, ya que los diagnósticos y los tratamientos han de estar en todo momento supeditados a la evidencia científica: “España es un ejemplo claro de cómo se ha promocionado la filosofía extraccionista por encima de lo que dice la literatura científica. No es normal que en nuestro país haya habido doctores, y no siempre excelentes, que colocaban más de mil implantes al año. Ahora, con la crisis, sabemos que estas cifras nunca más volverán, y es bueno que así sea”. El doctor Morante asegura que en estos momentos se está comprobando que la periimplantitis es un riesgo mayúsculo: “En pacientes de riesgo la prevalencia de periimplantitis llega al 50 por ciento en un plazo de cinco años. Está constatado que los implantes se defienden peor que los dientes”.

La competencia, la rentabilidad, la necesidad de formación constante o el riesgo sanitario son factores que hacen que la profesión de dentista sea considerada una de las más estresantes. “Muchos pacientes que llegan a mi consulta lo hacen como último recurso, por lo que la responsabilidad es grande y el estrés también”, afirma el doctor Morante. “Mi hijo apunta su ejemplo como especialista, pero el estrés en esta profesión siempre ha existido. En mi época, los nervios y los dolores de cabeza se producían por el propio desconocimiento científico, por nuestra soledad o por la falta de comunicación con otros compañeros. Todos queríamos dar la imagen de perfección, pero en terreno sanitario el riesgo al fracaso es inevitable. Ante esto, lo mejor es asumir la realidad y, si eres bueno, tener un plan B”, concluye la doctora Mudarra.

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