precursor de la cirugía oral y maxilofacial española

Doctor José Ramón Alonso del Hoyo

  • 01 de Oct, 2015

El próximo mes de noviembre la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial celebra 50 años, pero ya antes de 1965 había profesionales trabajando como especialistas en esta materia en los hospitales públicos. ¿Cómo fue el origen de esta especialidad en nuestro país?
En la época más actual hemos de reconocer que el empuje importante de nuestra cirugía hay que debérselo, por desgracia, a las guerras. La Primera Guerra Mundial exigió que se contara con dentistas para formar equipos con cirujanos y traumatólogos militares de cara a resolver problemas que a ellos se les escapaban. Posteriormente, tanto en la Segunda Guerra Mundial como en nuestra Guerra Civil volvió a incrementarse la actividad de equipos mixtos de traumatología y cirugía reparadora.
Estas experiencias dieron lugar a que cirujanos, en principio orales, comenzaran a considerar la boca como algo incluido en un importante complejo anatomofisiológico, que exigía de una nueva conceptualización en su valoración clínica y su tratamiento. El complejo maxilocervicofacial incluye estructuras desde la base del cráneo hasta las regiones vasculoganglionares del cuello y, por lo tanto, no pueden desvincularse del mismo las distintas patologías que se manifestaban en la cavidad oral.
En España, el embrión del desarrollo de la nueva cirugía maxilofacial ha de buscarse en el Instituto de Clínica Quirúrgica que estuvo ubicado en el edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Concretamente estaba en el conocido como pabellón ocho. Este instituto lo creó en el año 1951 el profesor De la Fuente Chaos, profesor de Cirugía en la Complutense, y en él trabajó el doctor Víctor Sada como jefe del Servicio de Cirugía Maxilofacial, puesto que en aquellos momentos ya se consideraba que para practicar la cirugía maxilofacial era necesario e indispensable ser médico y odontólogo. En aquel Servicio estuvimos al principio sólo el doctor Sada y yo, pero pronto se incorporaron los doctores Castillo, Sierra y Hernández Altemir. Todos, con excepción de Sada, trabajábamos todas las mañanas y una tarde a la semana sin remuneración alguna. Estuvimos así los ocho años que duró este centro.
En el Instituto se atendía toda la patología quirúrgica maxilofacial, que comprendía, además de la cirugía oral ambulatoria, el tratamiento de enfermos con procesos inflamatorios graves, lesiones traumáticas y postraumáticas, tumores malignos que requerían de vaciamientos cervicales, artopatías de la ATM y lesiones congénitas. Como dato revelador de nuestra labor, hay que apuntar que sólo de la patología tumoral maligna en los años del pabellón ocho y en los primeros del Gran Hospital de la Beneficencia del Estado (hoy Hospital de La Princesa) se trataron con cirugía y radioterapia complementaria –no existía la quimioterapia antitumoral– un total de 498 enfermos, de los cuales 71 fueron de cáncer de suelo de boca, generalmente avanzados.

¿Aquellos profesionales pioneros trabajaban con el propósito de crear la especialidad médica de cirugía oral y maxilofacial?
Sí, teníamos la idea de lo que debía ser una nueva especialidad que se ocupara de una zona importante del organismo como es la región maxilofacial. Nosotros contemplábamos la necesidad social de esta especialidad en nuestro país, pero este movimiento se daba en muchos otros hospitales de Europa.
Se partió del trabajo de los odontólogos en el entorno de la cavidad oral, pero teníamos el convencimiento de que la boca no es más que una parte del complejo maxilofacial. Además, nosotros pensábamos en una especialidad quirúrgica que no partiera de la Odontología, aunque reconociendo que hay una serie de patologías que son bucales.

¿Hubo reticencias a la creación de la especialidad?
Siempre quisimos dejar claro que nuestro interés no iba en contra de nadie, porque desde el principio aceptábamos que hubiera profesionales que hicieran cirugía bucal solamente –que después pasó a denominarse cirugía oral–. No había nada en contra de los odontólogos –mi padre fue odontólogo y yo mismo soy médico estomatólogo–, pero sí veíamos que, si bien en nuestro ámbito también estaba la cirugía oral, debíamos ir más allá. Nuestra intención era progresar clínicamente y prestar buena atención a nuestros pacientes. Los pioneros en la cirugía maxilofacial éramos unos idealistas que queríamos constituir una especialidad médica de carácter quirúrgico.
Tras aquellos inicios en el Instituto se crearon los servicios hospitalarios. Yo conseguí plaza de jefe clínico del Servicio de Estomatología y Cirugía Maxilofacial del Gran Hospital, y poco después se incorporó como jefe de Servicio el doctor Víctor Sada.
En el hospital no se aceptó muy bien que la plaza de Odontología se transformase en Estomatología y Cirugía; de hecho, no se adjudicaron camas ni quirófano a nuestro Servicio, y sólo gracias al jefe de Cirugía General conseguimos dos camas y un quirófano una mañana a la semana. Cuando se hizo con la jefatura el doctor Sada ya nos concedieron ocho camas para hombres y ocho para mujeres, además de un quirófano que sólo contaba con anestesista cuando era posible, lo que hizo que los propios integrantes del Servicio pagáramos un anestesista privado durante más de un año.

Por aquel entonces había especialistas trabajando pero no había especialidad como título oficial. ¿Costó conseguirla?
La especialidad no la conseguimos hasta el año 1977. Es bastante curioso que nuestra sociedad científica, la SECOM, se creara en 1965 y trabajáramos como especialistas en los hospitales de la Seguridad Social en Servicios de Cirugía Maxilofacial desde mediados del siglo pasado, pero sin embargo no existiera una especialidad como tal. El requisito imprescindible para ser miembro de la SECOM era ser médico.
Varios presidentes de la SECOM intentaron que se aprobara la especialidad, pero no fue hasta 1977, coincidiendo con mi presidencia de la sociedad, cuando nos lo aprobaron. Recuerdo que tuve que argumentar la existencia de diversos servicios hospitalarios dirigidos por especialistas sin título oficial. Había una necesidad social y un trabajo específico, así que nos faltaba regularlo. Hay que destacar que fuimos el primer país en el que la cirugía maxilofacial tuvo título oficial. Después siguieron esta línea Francia, Alemania, Italia y otros muchos países.
La Sociedad Europea de Cirugía Maxilofacial (EAMFS) se creó en 1970 en Zúrich (Suiza). Como dato revelador del peso de los profesionales españoles hay que apuntar que para su constitución se convocó a cerca de un centenar de cirujanos europeos y diez de ellos éramos españoles.

¿Qué balance hace de la evolución de la especialidad en estos más de 60 años?
La especialidad ha ido evolucionando muy bien. Los compañeros de hoy están, en general, muy bien formados. Somos una especialidad joven en todo el mundo y los españoles tenemos un buen reconocimiento. Siempre hemos cuidado mucho las relaciones internacionales, participando en foros que se organizaban en el extranjero o trayendo a España a las primeras figuras de la escena internacional para saber lo que se hacía fuera de nuestros hospitales. En mi opinión, en estos años ha sido muy relevante la relación que hemos ido fraguando con los países ibero­americanos. El doctor Sada, el doctor Castillo y yo mismo organizábamos muchos cursos y encuentros para compartir experiencias con nuestros compañeros de Iberoamérica. En mi caso, todo aquel trabajo se reconoció en 1982, cuando nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores me concedió la Cruz de Isabel la Católica, en grado de comendador, por mi dilatada labor docente en diversos países de Iberoamérica.
También en el entorno europeo trabajamos muy intensamente con nuestros compañeros. De hecho, a mediados de los años 80 fui presidente de la Sociedad Europea de Cirugía Maxilofacial, una época que recuerdo con gran cariño. En aquellos años, concretamente en 1986, presidí en Madrid el VIII Congreso de la EAMFS. Asistieron 800 congresistas y se presentaron más de 600 comunicaciones de cirujanos de distintas partes del mundo. En este encuentro se cambió la denominación de la sociedad y pasó a denominarse Sociedad Europea de Cirugía Cráneo-Maxilofacial (EACMFS).

¿Los profesionales de hoy son muy diferentes de los de antaño?
Es cierto que clínicamente hemos progresado mucho, pero ni mucho menos hemos llegado al tope. Siempre hay camino por hacer cuando uno quiere progresar. Dentro del ámbito de la cirugía maxilofacial tanto en el pasado como en la época actual ha habido grandes profesionales con un gran trabajo investigador y clínico.
Los maxilofaciales siempre hemos querido estar al día e incorporar los avances que surgen en el ámbito médico. Somos una especialidad muy permeable y siempre tenemos los ojos abiertos para captar aquello que nos ayude a evolucionar.
Durante mis años como jefe del Servicio de Cirugía Maxilofacial del Gran Hospital –cargo que asumí en 1974– creamos la primera unidad de cirugía ortognática, con la colaboración total entre ortodoncistas y cirujanos; compramos y utilizamos el primer láser en maxilofacial; creamos la primera unidad de ATM con artroscopia y tuvimos el primer banco de cartílago liofilizado para reconstrucciones faciales, por citar sólo algunos ejemplos de nuestras innovaciones.
En un ámbito médico como el nuestro el trabajo investigador y la incorporación de novedades han de ser una constante. Hoy se están abriendo nuevos caminos en el terreno de la investigación, pero bajo mi punto de vista sería muy bueno que se promocionara más en España. En este sentido, muchas veces me he planteado si es necesario que cada país haga sus propias investigaciones médicas sobre un mismo aspecto, porque tengo muchas dudas de que sea beneficioso duplicar esfuerzos para repetir lo mismo que ya se ha hecho en otro sitio. Quizá sería bueno que la investigación se distribuyera entre los países de manera que fuéramos más productivos.

Con toda esta trayectoria acumulada, ¿la cirugía maxilofacial tiene hoy el reconocimiento que se merece?
No en todos los aspectos. Ahora que la SECOM cumple 50 años, en mi opinión, deberíamos aprovechar este momento para explicar a la población lo que es realmente un cirujano maxilofacial. Muchos pacientes no saben exactamente quiénes somos ni qué hacemos concretamente, e incluso algunos profesionales de la sanidad también tienen dudas. Vuelvo a insistir en que no tengo nada contra los odontólogos, cu­ya profesión es muy digna, pero tenemos que hacer un esfuerzo para que la población sepa que no somos los mismos profesionales. Nuestra formación es de once años –seis de Medicina y cinco de residencia hospitalaria–, por lo tanto no tenemos el mismo perfil que un odontólogo. Me parece muy bien que los dentistas realicen cirugía oral, pero se ha de re­co­nocer que tienen sus limitaciones, y esto el paciente ni lo aprecia ni se le explica. Por ejemplo, en el tema de la im­plan­to­logía dental hemos de recordar que ésta se desa­rrolló desde la cirugía maxilofacial. Los implantes iniciales fueron hechos por quienes conocían la respuesta de los tejidos blandos y el hueso ante la agresión de un cuerpo extraño.
Los primeros implantes yuxtaóseos que se colocaron en España se pusieron en un quirófano, por parte de los doctores Sol y Salagaray, y después Irigoyen. Aquellos profesionales fueron invitados por el doctor Víctor Sada para llevar a cabo estas intervenciones en el Gran Hospital. Posteriormente, aquellos implantes fueron superados por los intraóseos, pero siguen perteneciendo al campo quirúrgico. No digo que los odontólogos no puedan colocar implantes, ni mucho menos, pero sí quiero destacar que estamos trabajando con personas y hace falta tener un concepto médico de nuestro trabajo.

¿Este reconocimiento social llevaría aparejado cierto prestigio profesional?
El prestigio médico se ha perdido de manera general. Los profesionales seguimos teniendo vocación de ayuda al prójimo, pero la relación mé­dico-paciente se ha quedado en nada porque ya no existe “mi médico” ni tampoco “mi paciente”. Hemos con­seguido atender en la sa­nidad pú­blica a toda la población, lo que está muy bien, pero se ha logrado a costa de esa necesaria relación médico-paciente. Cuan­do una per­sona está en­ferma, sobre todo si es por algo grave, está an­gus­tiada y quiere que el doctor le apoye y le dé su mano, pero no quiere una mano cualquiera sino la de su médico, que es de quien se fía.
Por otra parte, también en la sanidad pública nos encontramos con que ni se valora ni se promociona el esfuerzo o la excelencia. En el pasado los médicos teníamos ilusión por progresar, quizá por una mezcla de mejora económica y también, por qué no decirlo, de cierta vanidad personal para estar entre los mejores, pero eso se ha acabado en buena parte. Hoy un gran porcentaje de los médicos hospitalarios está deseando la jubilación, incluso con 40 años, porque no disfruta de su profesión.
Luego tenemos la práctica privada, que es donde muchos desarrollamos también nuestra labor clínica e investigadora. Ciertamente en este campo tenemos más capacidad para lograr el reconocimiento del paciente y nuestra excelencia, pero también hay que decir que la intervención de algunas entidades aseguradoras no se está haciendo bien y están jugando con la confianza de los pacientes. Por ejemplo, no me parece bien que estas empresas tengan en su lista a reconocidos doctores de prestigio, porque les interesa para captar afiliados, pero luego al paciente no le atiende el doctor que aparece en la lista, alegando problemas de agenda, sino alguien de su equipo. No es serio actuar así.

Usted es médico, estomatólogo, cirujano maxilofacial y cirujano plástico. ¿Cuál es su opinión sobre la conveniencia o no de la doble titulación –Odontología y especialidad de Cirugía Oral y Maxilofacial– dentro de su área?
Es una cuestión que siempre está en el aire. En nuestro entorno europeo hay países que lo exigen, pero otros muchos no. En general, salvando el caso de algunos países nórdicos, la condición indispensable para ejercer como cirujano maxilofacial en Europa es poseer el título de médico. No cabe duda de que tener la titulación de Odontología es beneficioso –muchos compañeros la tienen–, pero es difícil hacer de esto una exigencia, porque nuestra formación ya es de once años y sumar cinco más de Odontología es complicado.
Dicho esto, estoy totalmente de acuerdo en que los maxilofaciales tengan conocimientos de Odontología. No todo lo que se enseña en esta titulación tiene validez para los maxilofaciales, pero hay materias que sí convendría saber. Mi solución es que se combine la formación de los MIR con clases concretas en las facultades de Odontología, y es algo que he intentado repetidamente para mis residentes, pero no he tenido nunca el respaldo de los dirigentes universitarios de Odontología. Yo no quiero que los maxilofaciales sean también dentistas, pero sí que estén formados correctamente en las materias odontológicas que les ayudan a dar un mejor servicio a los pacientes.


La SECOM cumple ahora 50 años. ¿Qué balance hace de su evolución?
Al principio éramos un grupo pequeño y todos nos conocíamos. Era muy sencillo mantener relaciones profesionales y compartir nuestros progresos. Hoy la sociedad es diferente: lógicamente, ha crecido al ritmo de su volumen de asociados. Tengo muy buenos recuerdos ligados a la SECOM, porque desde esta sociedad hemos conseguido importantes logros, aunque siempre queda algún aspecto de mejora.
En mi opinión, y es una propuesta que lancé hace ya muchos años, sería bueno que la sociedad recabara los datos de todo lo que hacemos para ponerlos en común. Deberíamos saber qué tipo de tratamientos hacemos, qué perfiles de pacientes vemos y los resultados que obtenemos. Sólo con datos exactos podemos saber exactamente lo que vale nuestro trabajo y las necesidades de profesionales que tenemos de cara al futuro. No hay que olvidar que el problema del paro en nuestra profesión viene ocasionado por una falta de previsión en el pasado.
Con datos en la mano podríamos saber el porcentaje de tratamientos originados por traumatismos, los resultados que obtenemos en oncología en función de nuestras intervenciones, la creciente importancia que está cobrando todo lo relacionado con la ATM, etcétera.

Usted ha sido uno de los pioneros en la cirugía maxilofacial española, ha ocupado cargos representativos en el ámbito nacional y europeo, ha sido jefe de un Servicio de Cirugía Oral y Maxilofacial con gran prestigio y ha desarrollado una intensa labor docente como profesor titular de Cirugía. ¿Le han quedado cosas por hacer?
Siempre he intentado estar al máximo nivel dentro de mi especialidad, tanto en el hospital como en la clínica privada o en mi labor docente. Fui de los primeros en hacer cirugía maxilofacial y tuve la suerte de rodearme de compañeros que tenían la misma ilusión que yo. Hicimos grandes esfuerzos por crear una especialidad médica en la que creíamos. Sin duda alguna, éramos unos idealistas.
Pero siempre quedan cosas por aprender o por hacer. Por ejemplo, nunca llegué a hacer microcirugía, aunque sí promoví a personas de mi equipo para que la hicieran. La obligación de un jefe de servicio y de un profesor es abrir caminos para la gente que le rodea, indicando por dónde puede evolucionar cada profesional.

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